La ley del fuego

–¿Terminaste, Richard?
El enorme espejo sobre la cabecera de la cama devolvía tu propia imagen con una crudeza insoportable. El anuncio del periódico ofrecía servicio a gusto del cliente, pero pedir que removieran el odioso reflejo era imposible y te resultaba todavía más ridículo solicitar su destrucción, aún cuando la visión de ti mismo estrellado en miles de partes por el suelo sí te habría provocado alguna clase de placer, en lugar de las insistentes embestidas sobre Dayán. Tratabas, en vano, de concentrarte en la rubia sintética. Ver tu cuerpo desnudo te asqueaba, en especial tu piel de guerrero derrotado y tu rostro, como concebido para el sufrimiento, con una mirada fría y abatida. Sentías aquella tristeza como una vieja amiga, cuyo origen eludía el enfermizo orden de tu memoria. La tristeza, simplemente, estaba situada allí desde siempre.
–¿Vas continuar? –Dayán te escrutaba con la desconfianza del hábito–. Se te está acabando el tiempo.
Según el acuerdo comercial, no debía presionarte aunque el inexorable momento de volver a tu soledad estuviese por llegar.
–Es mi tiempo, ¿verdad?
–Sí, pero…
–Entonces lo puedo perder o ganar como se me antoje.
Desmontaste a la mujer antes de acabar y te sentaste a los pies de la cama, de espaldas al perturbador reflejo. Te quedaste quieto con un cigarrillo en la boca, sin encenderlo, con el mechero moviéndose por su cuenta de izquierda a derecha, encendiéndose, apagándose, encendiéndose, apagándose, ardiendo en el vacío, aproximándose a una de tus manos, quemándola brevemente. Permaneciste un par de eternidades en el lugar del silencio, considerando la posibilidad de abandonarte al fuego. Desististe, como de costumbre.
–¿Algo… te desagradó?
–Ese espejo… ¿tiene que estar encima de mí?
–A los clientes les gusta.
–A mí no, le odio.
–¿Y por qué lo odias?
–Porque yo estoy en él.
Dayán cogió su camisola y la deslizó con desgano sobre su cabeza.
–Eres raro.
–No he dicho que te vistas.
La hastiada mujer arrojó la prenda sobre una silla, contuvo sus rudimentarios sentimientos y, siguiendo el protocolo de la resignación, te prodigó su sonrisa de norma.
–Bueno, si quieres puedo acabarte yo –dijo aproximándose– ¿Quieres una francesa?
–No, odio eso. Es denigrante.
–A todos los hombres le gusta. Todos lo piden. Soy una especialista.
–Yo no soy todos los hombres.
–Eres bien raro.
–Antes me decían que era especial. Supongo que cuando uno crece las peculiaridades personales se hacen desagradables para los demás.
–¿Peculiaridades?
–Sí, aquello que llamas raro.
–Bueno –te dijo sacándote el condón–, pero tienes lo que todos los hombres tienen y quieres lo que todos quieren. Te voy a llevar al cielo, papito.
Dayán era una tipa de maneras vulgares. Todo lo convertía en algo obsceno, sucio. Hablaba en estridencias y no conocía sutilezas. Tenía un sobrepeso fluctuante propio de una mujer moderna demasiado indulgente con los placeres alimenticios. Pero ello no obstaba para que durante el sexo te revelara una belleza que pocas mujeres demostraban. Se sentía cautivada por las imágenes de sí misma en los espejos. Asumía una complacencia que a ti te recordaba a tu madre en la cocina preparando el almuerzo, mirando los ingredientes del festín con inocencia y asombro, maravillada por la mera existencia de un tomate o un trozo de carne.
Ahora Dayán te daba la espalda, un poco para eliminarte y concentrarse en tus genitales. Acariciaba midiendo longitudes, calculando proporciones y diámetros, como si fuera una naturalista indexando la fauna salvaje. Aferraba tu pene en su base y endurecía la textura de tus venas. Sus manos te recorrían con una profunda admiración y reverencia. Distendía el tiempo sexual. Podía mantenerte indefinidamente en el estado de meseta. Sentías que alcanzabas otro nivel de goce. Dayán y su tenue sonrisa reflejada perdonaba tus culpas. Te sentías exultante, portador de una reliquia sagrada. Tal era el talento de los dedos de Dayán, la cadencia del ritmo, la contención de la energía y la gratitud por permitirle tenerte en sus manos. Un delicado beso junto en la cima te acercó más al infinito. Tu madre en la cocina, tarareando. Tú, sentado en el piso, esperando la comida, sintiendo la emoción de estar vivo, sin el horroroso miedo de ser un niño. El fuego y su fulgor divino, encandilándote. Placer, paz, tú derramándote en los labios de Dayán, convulsionado por la descarga. Tú y tu madre mirándose sonrientes en un tiempo sin dolor, antes del incendio. La sacerdotisa Dayán extrayendo tus fluidos, concienzuda y sistemática, dejándote en la nada.
Volviste a colocar el cigarrillo en su cajetilla y te dirigiste al baño. A pesar de las paredes descascaradas y agrietadas, del polvo sobre las escaleras, de los cables eléctricos precariamente expuestos sin aislante y del olor a sudor, encierro y comida descompuesta, el prostituido departamento era mucho mejor que el inmundo lugar en el que habías estado escondido los últimos meses. Sobre todo en las instalaciones sanitarias. Las magníficas duchas prostibularias arrasan con toda la suciedad, sacan hasta la radiación.
El agua helada sobre tu cabeza te trajo de vuelta al teatro de operaciones donde te tocaba representar tu personaje. Quien quiera que fueras te deshacías en esa ducha, dejando atrás la única actividad humana que me gustaba realizar para dedicarte de lleno a tus inhumanidades cotidianas: quemar edificios para que la mafia inmobiliaria se hiciera cargo de la lucrativa reconstrucción.
Tardaste más de lo habitual en cargar el programa en tu mente y planificar tu itinerario de destrucción patrimonial con exactitud. Hoy te tocaba incendiar un cascarón porteño habitado por dos viejos que se negaban a vender. Si tenías suerte, no estarían en casa cuando comenzara el siniestro.
Te colocaste el envoltorio del hombre corriente, de quien asume sus limitaciones y se yergue cómodo ante los demás. Con lentes oscuros tu figura reflejada era aceptable, correcta, representativa de tu verdadera personalidad. Vestido te sentías más auténtico que desnudo. Saliste del baño con gran parte de tu aplomo recobrado.
–Me voy –le dijiste a la mujer, dejándole una propina en el velador–, estuvo todo magnífico.
–Si quieres puedes quedarte, aún te queda algo de tiempo.
–Entonces lo voy a gastar afuera, lo más lejos posible de aquí.

Bestias Ocasionales

Me siento al borde de su lecho dormido. Mi aburrimiento llega a un límite peligroso. La desnudo esperando que el frío la despierte. La mujer se recoge, frunce el ceño, incómoda, y duerme con mayor profundidad.
Doy una vuelta por la casa de cimientos podridos y fachada derruida. Me golpea ese olor de madera muerta, impregnado de vino y fruta, orinada de extremo a extremo. Y me gusta. Aquí pueden ocurrir los acontecimientos que me agradan. Al amparo de este aroma puedo producir situaciones convergentes, entenderles su significado sin asustarme, y pueden ocurrir las ideas bajas que se solazan en mis distracciones.
Las acciones van a suceder o ya han pasado, porque estoy mirándome en el espejo descompuesto de un baño rosado y micótico, el lavamanos inclinado y manchado a la derecha, el excusado taponado, las baldosas rojizas picoteadas en los bordes y una tina convertida en ducha eléctrica, con dos cables húmedos y sin aislante –una trampa mortal disfrazado de hidromasaje–, goteras cenagosas, ropa sucia amontonada, afiches adheridos a las paredes arrugados por el vapor y el olor que se devuelve por los desagües colapsados.
Debo hacer una lista que resuelva el conjunto y converja en el lecho. No tengo más que recordarla o pasearme viendo a mi alrededor mientras espero el amanecer, cuando las ventanas tapiadas se abran y dejen salir la hediondez corpórea y sofocante.
Estoy en el baño lavándome la cara y las lágrimas, respirando profundamente con la intención de calmar los temores que brotan de mi estómago. Mi amiga la pálida juega al trompo con mi cabeza y sopla por el esófago hasta el corazón, hinchándolo. Recuerdo cuando llegamos a esta casa el uno sobre el otro, lengua sobre lengua como animales, y cuando nos separamos para reírnos y decirme que le diera un momento y que luego la siguiera a la cama. Por fin tengo atrapada a Alejandra, pensé. Me bastaba con que la desconocida tuviera su chaqueta, quizás un gesto y me inclino a creer que también un lunar. Entonces la vi de reojo, antes de seguirla a la pieza y encontrarla desparramada en el lecho, noqueada por el trago.
Salgo del baño hasta el pasillo de la entrada y encuentro una preciosa naturaleza muerta: un revistero del ’74 con publicaciones en francés y alemán, con un cenicero euskadi y una botella de cerveza individual a medio servir –que alguien abrió apresuradamente con un objeto oxidado que dañó el gollete–, sobre la cubierta de madera oscura, bajo la luz del farol de la calle, oblicua, que cae sobre el objeto polvoriento de etiqueta velada por soles sucesivos.
Voy a la pieza de la dormida, botella en mano. Me excita la tranquilidad del hallazgo, casi no lo puedo creer. La idea es simple. He recorrido la casa sin saberlo. Ahora me es evidente con esta Alejandra alcohólica en espera de mi instalación. Pero antes, la pausa inevitable. Me he tropezado con una historia.
Tu cuerpo sobrecogedor es imperfecto, por obra y gracia de mi suerte. Tus pies son ligeramente disparejos. Uno de ellos tiene una rotación anómala de diez o quince grados. Lo palpo y descubro tu fractura de tarso de los trece años, cuando pasabas la etapa de subirte a los árboles para ganar la aceptación de tus amigos hombres. Por supuesto que trepaste más alto que los demás. Desde abajo, ellos te arrojaron piedras que no te alcanzaron. Los mirabas apoyada de costado sobre una rama doblegada, provocándolos lasciva, pero aún infantil. Cada uno de ellos sentía que aquello no podía ser y te gritaron e insultaron y te protegiste en carcajadas y sin saber cómo, caíste al suelo sobre un pie. Fueron a buscar a tu madre que no supo ayudarte por preocuparse de tu dolor en el tobillo. No celebró la caída como necesitabas y juntas corrieron al centro asistencial donde un médico homosexual diagnosticó la lesión. Tu madre, aliviada y tú, para siempre desilusionada, aunque eso de ilusionarse lo perfeccionaste unos cuantos años después.
Subo por la misma pierna y descubro una gran cicatriz anterior. Calculo que fue a los seis años. Es ancha, plana y está en diagonal con respecto al eje de la pantorrilla. Fue un corte rápido y profundo. Fue en la boutique de tu madre, casi un mes después que discutiera con tu padre y decidieran concluir la familia. Con la pelea se dijeron palabras que tu madre intentó explicarte a los dieciocho, cuando preguntaste, pero que sólo te fue posible comprender a los veintitrés. En aquella discusión él rompió un vidrio del mostrador. Tu madre, en llantos, recogió el pedazo más grande y lo guardó a un lado del mesón y tú fuiste a jugar y a correr ese día, mientras tu madre conversaba al teléfono, y pasaste demasiado cerca del cristal roto sin notarlo. Tu madre te vio a gritos y te diste cuenta de la sangre escapando de tus arterias y fueron juntas al hospital. Entonces no te decepcionaste como con la fractura que vendría, tal vez porque hubo sangre. De cierta manera no era tu culpa sino de ella, al guardar aquel pedazo inservible. Lloraste porque ella lloraba, te asustaste porque ella estaba aterrorizada y también devastada. No tenías edad para preguntar.
Hay puñados de cicatrices despigmentadas en tus rodillas. Los juegos de la brusquedad. Tú oyendo a tu madre el sermón de la señorita que no juega a los golpes con los hombres, que aunque ahora los recuerdes como niños siempre fueron hombres. El yodo que arde y subraya las frases de tu madre.
Por tu abdomen, lado derecho, quirúrgica, probablemente apendicitis, una cicatriz acordonada, roja e irritativa. Ocurrió en emergencia. Para cuando llamaste a mamá estabas a minutos de la peritonitis. En el taxi camino al hospital eran una temiéndole a la muerte. Te dijeron que los hombres te traerían dolor, era cuestión de tiempo y se marcharían dejándote marcada. Aunque era apenas una metáfora, saliste del pabellón con el peor quiebre. Esta vez era completamente tu culpa; inocente la madre, tú, la hija inmerecedora de una madre santa.
Heridas bajas. Marcas de piel de diferentes pigmentaciones, hipertróficas, queloides, tamaños y dolores sin corresponder, la utilización de tus lesiones por tu madre, la separación para que ya no siguieras herida. Inconsciente de tu historia, ese algo debajo de tus sentimientos te decía que ya vendría otra crisis que tensara el lazo materno inmanejable y culposo. Tú y los hombres, tu madre y los hombres, los hombres y los símbolos de quiebre, utilitarios, que te unen y te separan de ella, aunque ahora estés logrando ser lo que quieres sin quiebre y sin ella.
Yo estoy aquí para poner el fin a tu etapa más dolorosa, botella en mano. Soy el corolario, la lección definitiva sobre los hombres que te hará reconciliar con tu madre. Después de mí, nadie podrá dañarte jamás. Es necesario, me lo agradecerás.
Pongo la individual entre sus piernas. Se la introduzco con tanta gracia que se anima a sonreír. Es apenas la boca, el cuerpo de la botella crece a medida que voy empujando. Hay un punto en el que ya no avanza más. Recuerdo que se trata del tejido más elástico del mundo y presiono con mis fuerzas de herrero. Pasa de un tirón. La picadura del gollete lacera el cuello del útero. No hay gemidos interesantes. Restos de cerveza manchan su interior. Me doy cuenta de lo que he hecho, de mi error. Debí limpiarla antes por dentro y colocar una muestra de mi semen. Intento extraerla para corregir pero el envase ha hecho vacío. Esto lo tendrán que sacar en urgencias. He creado un futuro material de chiste de auxiliar de enfermería en pasillos aburridos. Me alejo y paneo, no hay elegancia, se ve ridícula. Al ponerme de pie me mareo profundamente. Tambaleo hacia lo que creo es la puerta del baño.
Estoy frente al espejo recordando, planeando, fantaseando para evadirme de mi genuflexión forzada ante el excusado y el vaciadero de vísceras. Quiero caer y que me lleven detenido y me encarcelen por agresión sexual. O por el intento. O por siquiera considerar esta posibilidad. Estoy maldito con el poder de la impunidad.
Mejora mi equilibrio. La puerta de salida es pesada y desvencijada. No quiero ver a la Alejandra alcohólica o mi instalación. Demasiadas certezas en estas últimas horas, prefiero quedarme con la duda. Bajo por la madrugada desierta hacia el plan de Valparaíso. En alguna parte deben estar vendiendo alcohol para las bestias.

Tres razones para golpear mujeres


Estaba sin casa, sin dinero, sin planes, sin mujeres y completamente desintoxicado, consumiendo la droga más dura de todas: la realidad. Trataba de mantener al mínimo los límites de violencia entre mis hermanos e intentaba lidiar con la vacía sensación que me dejó el abandono de Ivette. Fui eyectado de la más absurda de mis relaciones un martes cualquiera, con mis pertenencias perdidas para siempre.
El racconto autocompasivo me mantenía el ánimo quebrantado. Las palabras de Ivette se incrustaron en mi acervo particular como ideas propias, explicando mis múltiples rupturas. Ella me hizo conocedor de las causas y efectos de mi comportamiento, a saber, la evasión de cualquier tipo de intimidad que no fuera sexual y el rechazo al menor instante de soledad. Toda mi personalidad estaba –según Ivette– erigida sobre esos dos principios.
Toqué fondo cuando comencé a prestar verdadera atención a lo que ella decía, a tomar en serio la charlatanería de los siete niveles de intimidad que predicaba desde el diván a la cama. Alcancé un nivel particularmente infame cuando intenté clasificarme en su esquema para saber la profundidad de nuestro compromiso. Y peor aún, cuando convertí nuestra unión en la apuesta definitiva, la búsqueda más idiota de una supuesta redención necesaria para mejorar mi vida, para madurar de una vez.
Por supuesto, no podía funcionar. Flotaba consumido por mi implacable anhedonea o, como me decía Ivette, poseído por un desinterés criminal por la vida cotidiana, como si ofrecerme a lavar los platos sucios después de la cena de los silencios o sacar la basura del habitat fueran requisitos esenciales para demostrarle mi afecto. Fue mi estólido mutismo a encargarme de los quehaceres de la casa el detonante de aquel ominoso martes.
–Yo soy el que trabaja, por lo tanto en MI CASA no haré otra cosa más que descansar.
–Yo no quiero tener una pareja así, NO QUIERO, NO ME LO MEREZCO –sentenció ese martes−, SAL DE AQUÍ, ME TIENES HARTA, NO QUIERO VERTE, NO QUIERO SABER DE TI.
Intercambiamos el habitual intercambio de insultos, siguiendo el guión del modelo hombre-hembra cuyo profundo significado comprendí al estar relacionado con una mujer que no podía amar con propiedad. Llegamos a ese punto de la relación donde sólo quedan los golpes, la sangre, la muerte, la supremacía de facto del hombre sobre la mujer. Me bastaba imponer mi fuerza sobre ella y su silencio permanente sería mi premio.
Preferí largarme para evitar el crimen. Los engranajes del universo se movían de manera misteriosa y sincronizada. Mis hermanos estaban cursando por la misma situación. Tenía que llamarlos urgentemente si quería asegurarme un refugio.
En el almacén de la esquina me miraron como si fuera un asesino.
-Oiga señora, ¿tiene cambio? Necesito monedas para el teléfono.
Las dejó caer sobre el mesón. Mi rostro cambió su desprecio por miedo. Yo venía de la casa de los gritos, el palacio del odio. Una de las monedas rodó por el suelo y dos baldosas la atraparon por el canto. Elegí la moneda de destino chingado para pagar la breve conversación.
-Johnny, soy Richard. ¿Cuándo te vas a cambiar donde el Brian?
-Qué bueno que me llamaste. Necesito ayuda urgente para el cambio. Me tengo que ir como sea hoy.
-Mierda, ¿no puede ser mañana?
-No. Si no es hoy voy a perder todo lo que tengo en la casa y más encima, me van a venir a dar una lección.
-Lección de álgebra, de lenguaje o qué.
-Lección de vida o muerte, Richard. Vente ahora. Tengo la camioneta esperando.
Volví al departamento cabizbajo, con mi actitud de indiferencia depravada, considerando la paradoja de querer vivir por mi cuenta, pero rodeado de mis hermanos. Entre los tres no hacíamos uno. Vivíamos cada uno la pesadilla de convertirnos en nuestro padre, calvos, ciegos, iracundos, encontrando en cada uno de nuestros fracasos el inevitable lugar común paterno.
Cuando llegué, mis efectos personales estaban siendo defenestrados del séptimo piso, la reja de entrada al edificio con candado y yo, sin llaves. Consideré lo que ya estaba estrellado en el suelo. Mis libros de ficción, las grandes y estupendas mentiras en las que me agradaba sumergirme, estaban esparcidos indignamente, como aves muertas, abiertos con el lomo para arriba. Mi ropa recién lavada y arrugada dispuesta por doquier, algunos pantalones enganchados en los balcones de los vecinos ondeaban como banderas de rendición. Y lo verdaderamente intolerable: la inocencia del reproductor de música aniquilada, con sus interioridades evisceradas como un animal en la carretera.
No me resistí al desalojo. En el fondo agradecía el rudo procedimiento de mudanza no sólo porque me evitaba empacar y trasladar por las escalas mis exiguos trastos, sino que además expiaba mis culpas. A mi padre jamás la habría ocurrido esto, él lo habría resuelto de un golpe. Y si yo no lo había hecho, entonces no podía quejarme. Esperé a que terminara el espectáculo con la tranquilidad del merecimiento. Recogí luego lo que consideraba esencial, cargué mi auto y lo conduje en dirección a la ex casa de Johnny.
-¿Por qué no dejas todo esto atrás? –le dije a mi acongojado hermano a media escala con un enorme sillón a punto de rodar abajo.
-¿A qué te refieres? –me contestó sonrojado por el esfuerzo de impedir la caída del mueble.
-A que deberías dejas TODO atrás. Te vas de una casa que nunca te gustó y te llevas los muebles que nunca te agradaron… ¿Por qué no vendes TODO esto y te compras TODO nuevo?
-¿Te volviste loco? No soy millonario, tengo que economizar para pagar la demanda y el arriendo del primer mes…
-Creo que vas a ser más rico si partes de cero o apenas con lo esencial. Llévate sólo tus herramientas y construye TODO lo demás.
-Richard, me va a ser súper difícil sobrevivir teniendo a la Angélica como enemiga –dejó asomar la desesperación acumulada-. No sé cómo va a ser mi vida de ahora en adelante.
-Mejor, Johnny, mucho mejor.
-No sé cómo puedes ser tan optimista después de lo que me pasó con ella.
-Ya, la pobre víctima.
-Oye, en serio, tuve que pegarle, no me dejó opción.
-Pero por supuesto que tenías que pegarle. La Angélica está loca. No te lo dije antes porque eres mi hermano, pero la tipa está demente. ¿Para qué seguiste con ella?
-Porque la amaba.
-Hasta que te quiso apagar un cigarrillo en la cara. Y eso que la trataste como princesa. Debiste pegarle mucho antes.
-Es lo mismo de siempre, yo tengo pésima suerte con las mujeres. El universo entero está en mi contra.
-Eso es irrelevante, porque ese es el propósito del universo: oponerse a nosotros.
-Hablas como el viejo.
-Contéstame lo siguiente, ¿por qué no arrojamos el sillón de aquí hasta el camión?
-Porque la gravedad no lo va a permitir…
-Exacto, queremos que esto vuele, pero hay una fuerza que lo impide, que lo tira para abajo.
-No entiendo a qué quieres llegar.
-A que si vas a ser pesimista, mejor muérete, porque esa es tarea del universo. Somos nosotros la única fuerza que puede compensarlo… Ser optimistas es un deber.
-Mira, si no me quieres ayudar, sólo tienes que decirlo sin necesidad de inventar tonteras.
-Por supuesto que quiero ayudarte y por eso voy a hacer esto…
Dejé mi parte del sofá pendiendo en la escalera, agité mi mano a modo de despedida y ascendí los escalones para alejarme de la escena. Johnny me gritó su escueto repertorio de insultos y me sentí satisfecho de que pudiera desahogarse. Tomó el astillado trono por sus medios y lo arrastró a la camioneta. Me quedé a ver cómo completaba la faena solitariamente. Esperaba que dejara algunas cosas atrás para viajar más ligero, pero siguió con determinación hasta el final.
Lo que yo entiendo por mudanza es dejar todo atrás, irse con lo puesto y en el dintel de la nueva casa, desnudarse para vestir la nueva ropa, sentarse en la nueva silla y ver el mismo viejo y cansado mundo por la nueva ventana. Lo cierto es que apenas es una nueva oportunidad de cometer los mismos errores, de manera diferente, en otro lugar. Johnny trasladó consigo hasta las bolsas de basura con los restos de la última cena en casa de Angélica.
Después de unos minutos reflexionando sobre mi nueva ubicación concluí que no podía quedarme sentado viendo como Johnny se iba donde Brian. Lo seguí detrás en mi indocumentado auto. No iba a someterme a la tristeza o tomar alegría del asunto. Procedía jugar la carta del tonto y salir librado por parentesco de mi situación de calle.
Llegué al departamento de nuestro hermano menor detrás de la camioneta con los cachivaches de Johnny.
-¿Y dónde vas a poner esto? ¡No cabe nada en el departamento! -Brian estaba furioso como siempre. De los tres era el más radical, incapaz de abandonar su estado iracundo.
-Oye, es lo único que tengo.
-¡Es pura basura!
-Mejor boten los cachureos, yo también tengo que caber ahí –les dije.
Con mi llegada los ánimos se calmaron. Subieron entre los dos parte de la carga de la camioneta mientras yo sacaba mis exiguas pertenencias del auto, las metía en la pieza más grande del lugar y me acomodaba frente al televisor esperando a mis hermanos con dos cervezas.
Los dos clones se sentaron abatidos por la situación. Las mujeres nos habían derrotado. A mí, el exceso de sensibilidad de una mujer a la que fui incapaz de golpear; a Johnny, lo opuesto; y a Brian, el ideal que no pudimos lograr, la mujer sometida a un maltrato sistemático e inútil, porque aún así lo había abandonado a su suerte para irse a la casa de la suegra con los niños.
-Qué mierda, esto nunca le pasó al viejo…
-Porque la mamá se le murió, si no le habría ocurrido lo mismo.
-Mentira, la mami era una mujer de la vieja escuela, de las que aguantan todo.
-De las que ya no hay…
-Mi vieja era distinta –les interrumpí-. Una mujer independiente, trabajadora, una pionera entre cavernícolas. Y el viejo igual la maltrató antes de dejarla.
-¿Y le pegaba también? –consultó Johnny.
-No tanto, quizá un par de veces –recordé-. Lo que más hacía era gritarle. La dominaba con la voz.
-¡Maestro! –dijo Brian-. A mí no me resulta.
-Y por eso te vas a las manos altiro–le acusé.
-¿Y cuál es el problema? Jamás la mandé al hospital o le quebré un hueso o le dejé un moretón en la cara.
-El recurso se agota, Brian, no hay que exagerar.
-Según el viejo sólo hay tres razones para golpear mujeres.
-¡Ah, sí! Siempre hablaba de eso. También decía que no había que pegarles a todas.
-Eso lo aprendió de los perros.
-¿Cómo así?
-Cuando era joven el viejo criaba perros y los vendía. Los dividía en dos clases, los perros mascota y los perros de ataque. Con los perros mascota había que combinar el rigor y el afecto. Esos perros reaccionaban mejor con el cariño que con los golpes. En cambio con los perros de ataque había que ser dominante, duro, a puro golpe. Si se te ocurría tratarlos bien, el perro te mordía. Jamás había que tratarlos bien. Decía que las mujeres eran igual, algunas no se les puede tratar bien jamás.
-¿En serio? ¿De ahí lo sacó? A mí nunca me contó la historia de los perros.
-En serio –agregué-. Decía que la mujer es un ser concebido para el sufrimiento. Lo necesita en su vida y si no se lo dan, entonces lo provoca.
-Tiene lógica –aportó Johnny-. Para las mujeres todo es dolor. La primera vez, la menstruación, el parto y el día a día. Y del hombre también espera que la haga sufrir. El viejo la tenía clara, cuando le pegaba a una mina me decía “aprende Johnny, así se hace, un golpe fuerte en el estómago y sin que nadie te vea”.
-Eso es súper importante –saltó Brian-, la gente se te viene encima y no falta el caballero que sale en defensa de la dama y te hace quedar como si fueras un monstruo.
-Ya, pero tú les pegas a todas.
-No es cierto –me negó Brian.
-Claro que sí, ninguna se salvó.
-¿Cómo que no? Jamás le pegué a la Kimberly. Ni con el pétalo de una rosa.
-Já, claro que no, porque ella te pegaba a ti –intervino Johnny.
-En realidad. ¿Ven lo que digo? Si uno no les da dolor ellas se lo dan a uno. 
Sin ideas nuevas, los recuerdos del viejo llenaban nuestras cabezas. Sin importar lo que hiciéramos, nuestras decisiones nos habían conducido al mismo sillón donde décadas atrás se sentara el hombre original. Y mientras siguiéramos con la bronca en el alma, la pantalla no se iría a negro ni aparecerían los créditos, la historia continuaría lo deseáramos o no. Dejamos los tragos servidos en la mesa y nos quedamos observando el vacío sin hablar el resto de la tarde.

  

Leticia ficticia

Fornicar era el único placer verdadero de Hugo. Ningún vicio, ningún goce o realización personal alcanzaba a llenarlo tanto como el alivio venéreo que experimentaba al penetrar. El acto masturbatorio lo consideraba penoso, denigrante. Ensuciarse las manos con el propio falo constituía una práctica insoportable. Era mejor dejar que una anónima criatura se encargara de su ávido apéndice y que dispusiera convenientemente de sus excrecencias. Sin embargo una relación de pareja demandaba pequeños actos que no estaba dispuesto a soportar y que se volvían más importantes que el acto en sí. Había que entablar diálogos, pasar el tiempo juntos haciendo banalidades. Estar con una mujer en cualquiera otra situación que no fuera de intercambio carnal le era inadmisible. Intentó por años mantenerse en alguna relación que le garantizara libídine, pero solía acabar de la misma forma.
–¡A ti lo único que te importa es el sexo! No te importo yo ni mis problemas ni nada que tenga que ver conmigo. ¿Me quieres al menos?
–No realmente. Apenas soporto estar contigo, nada personal, así me ocurre con todas, pero lo aguanto por el sexo.
–Imbécil, ni siquiera eres bueno en la cama.
Era cierto. Para Hugo la sexualidad consistía en un acto gimnástico, rápido, eficiente. Los movimientos precisos para que su cerebro ordenara la gran contracción-polución-distensión de su organismo. Terminado el trámite, Hugo quedaba a un lado del lecho sin pensamientos, solitario, ido en un estado de éxtasis. Podía quedarse de esta forma el resto del día mirando el techo con los párpados abiertos o dormir profundamente, sin sueño alguno.
Si las relaciones de pareja le eran imposibles, las prostitutas tampoco eran una opción. El costo y el riesgo de salud perjudicaban significativamente su placer. Su sueldo entero se esfumaba entre las piernas mercenarias y su propia entrepierna sufría los catastróficos efectos de las clamidias, las gonorreas, las sífilis y las ladillas. Para intentar salvaguardarse, buscaba una meretriz fiel y se hacía cliente habitual. Pero la relación, a fuerza de verse con regularidad, desembocaba en tórridos amores con sus detestables exigencias. Ya no podía permanecer en la quietud del arrobo. Ahora tenía que escuchar los nimios pormenores de aquellas ínfimas existencias dedicadas a yacer por necesidad con extraños. En la intimidad no tardaban en surgir las personas y su carga inaguantable de soledad.
A Hugo le parecía haber llegado al final del camino. Era cosa de tiempo para que acabara infectado de muerte o peor, atrapado en amores absurdos. Por eso, cuando leyó el aviso donde se anunciaba la venta de una amante artificial en aquella revista -con la que intentaba infructuosamente auto complacerse-, no vio un costoso juguete para adultos, sino una irrefutable promesa de felicidad. La publicidad estaba finamente impresa, parecía de buen gusto y proyectaba confianza en el servicio, a diferencia de otras promociones donde las muñecas ofrecidas consistían en meros objetos inflables de vaga apariencia humana. Este producto lucía de una calidad exponencialmente superior a los otros y transportaba la imaginación hacia abyectas direcciones.
Hugo decidió entonces que no podía beneficiarse de la compra en casa de su madre. Era necesario independizarse, buscar un lugar propio con el fin de recibir a tan insólita compañía. Para tal efecto eligió un sórdido hotel de Valparaíso que ostentaba la fama de acoger a incomprendidos sujetos como Hugo… con discreción… y tolerancia. Allí instalado llamó a la compañía distribuidora para solicitar el ansiado pedido, con la esperanza de quien apuesta todo lo que tiene en una jugada.
–(Saludo corporativo) ¿Qué desea?
–Quiero comprar el modelo de lujo que ofrecen en la revista.
–Por supuesto (interés corporativo), ¿alguna preferencia en particular?
–¿A qué se refiere?
–Rubia, morena, colorina… los ojos de algún color en particular.
–No me interesa, mándeme cualquiera que tenga los tres orificios necesarios.
–Eeeh, bien (oferta corporativa), pero déjeme decirle que por un pequeño costo extra podemos enviarle nuestro modelo experimental con software de comportamiento incluido.
–¿Qué es eso?
–Básicamente se trata de una personalidad artificial concebida para aumentar su placer.
–¿Y eso qué significa?
–La muñeca habla. Gime de placer, dice su nombre, habla sucio, lo que usted guste.
–¿Una muñeca que habla? Que horror. Por ningún motivo quiero que la muñeca hable, ¿está claro? La quiero silenciosa, muda, sin rostro en lo posible.
–¿Sin rostro? (duda corporativa), lo lamento, pero eso no es posible, vienen así de fábrica.
–No importa, envíeme el modelo que ofrecen en la revista. ¿Cuándo la pueden enviar a mi domicilio?
–El envío tarda de dos a tres semanas una vez verificada la transacción.
En las dos semanas siguientes Hugo purificó mente y cuerpo con la más ascética de las abstinencias. Contuvo toda urgencia venérea, todo asomo de placer carnal con el firme propósito de dedicarse por entero a su adquirida relación. Pasaron diecisiete interminables días para que la gran promesa llegara a sus aposentos. Firmada la guía de despacho y propinada la generosa propina a los dos sarcásticos sicarios de la compañía, Hugo desembaló frenético la aparatosa caja de madera y descubrió cubierta de bolsas con burbujas y polietileno, a una elegante criatura vestida con traje de noche, de apariencia casi humana, de no ser por aquella mirada plástica y sin vida, fija en el vacío.
–Eres… eres más hermosa de lo que había imaginado.
Dos inexpresivos globos oculares seguían clavados en ninguna parte.
–Te llamaré Leticia, como mi madre…
Y sin mediar románticos preámbulos, Hugo se abalanzó sobre ella.
Nunca, en toda la historia de la Humanidad, un hombre había hecho el amor a una mujer de la forma en que Hugo fornicó a Leticia durante esos tres años. En mil intensos días, Hugo concibió la total liberación del Hombre sobre la Mujer. No quedó fantasía alguna en su mente. Sus más oscuros deseos fueron transformándose, deliciosamente, en recuerdos.
Durante aquella época, Hugo se convirtió en un ser funcional, un gran trabajador capaz de dar lo mejor de sí a su empresa, asertivo, capaz de soportarlo todo al saber que terminada la jornada laboral, la completa realización personal lo aguardaba en el hogar, siempre en el mismo lugar, lista a satisfacer sus necesidades: Leticia, la amante perfecta.
Pero ocurrió el inevitable deterioro de cualquier unión. Tres años es mucho tiempo para un mecanismo hecho por el hombre y la fatiga de materiales comenzó a hacerse patente en el sintético cuerpo de Leticia. Sus senos, otrora turgentes y bien modelados, evidenciaban tristes cuarteaduras por sus bordes; sus labios sensuales se habían desteñido irregularmente, a la manera de las enfermedades degenerativas; sus caderas sinuosas estaban dislocadas y parte del relleno interno se había desplazado a otras zonas de su cuerpo, deformándolas y creando una triste acumulación más arriba de su vientre como una barriguita. Pero lo más lamentable de su desgaste lo constituía la pérdida de elasticidad de sus esfínteres artificiales. Hugo no conseguía el placer del comienzo, cuando sus partes aún olían a nuevo. Ahora era como hacerlo con un deformado ser. Del conjunto, lo único que parecía resistir el paso del tiempo eran los fríos ojos de Leticia, su mirada neutra le parecía a Hugo de una reconfortante tranquilidad, una especie de complacencia por él que jamás había visto reflejada en los ojos de ninguna mujer.
Por supuesto que estas sutilezas no eran suficientes para Hugo, de manera que hizo otra llamada, a escondidas de Leticia, para conseguir su reemplazo.
–(Saludo corporativo) ¿Qué desea?
–Quiero comprar otro modelo de lujo que ofrecen en la revista.
–¿Otro? (Duda corporativa) ¿Es usted cliente nuestro?
–Sí, compré hace unos años el modelo LET 1514.
–Sí, un modelo popular (sondeo corporativo)… ¿Puedo preguntarle porqué desea otro?
–El que tengo ya no funciona como antes. Se encuentra muy deteriorado.
–Pero me aparece en pantalla que el modelo tiene una garantía de 50.000 ciclos. Debería durarle varios años más.
–Pues se ha descompuesto, ¿me entiende? Así que mándeme otro y no me haga más preguntas.
Durante la espera, Hugo preparó la llegada de su nuevo amor escondiendo a Leticia en un closet. La desarticulada criatura quedó almacenada junto con viejos zapatos, ropa usada y voluminosos cachivaches sin utilidad. Inexplicablemente Hugo disfrutó la soledad de la espera sin la ansiedad con la que aguardó por la llegada de Leticia. Cuando pusieron la caja en su departamento, demoró varias horas en abrirla, no del todo convencido de su decisión. La necesidad fue más fuerte y procedió a desembalarla. La nueva muñeca tenía un rostro sonriente y una mirada viva y altiva.
–Hola Hugo, ansiaba verte.
El hombre quedó estupefacto.
–Hugo, tócame, soy toda tuya.
El hombre sentía una extraña fatiga en piernas y brazos.
–Hugo, llévame a nuestra habitación. Quiero hacerte el amor.
Mecánicamente la llevó al lecho como una novia por correspondencia y ya tendida en la cama, se montó sobre ella, sin conseguir la erección.
–Tómame Hugo, quiero ser tuya.
Irritado, Hugo la arrojó fuera de la cama. El sofisticado artilugio cayó al suelo gracilmente, como un felino.
–Así, Hugo. Me gusta que seas rudo. Anda, poséeme por atrás, te lo ruego.
Salió del cuarto estremecido por al náusea. Había perdido la costumbre de lidiar con seres animados y sus desesperantes requerimientos. En los días sucesivos infructuosamente trató de contener al abominable artefacto, que nunca dejaba de insistir en la genitalidad obsesiva, recurriendo a un infinito número de estrategias predeterminadas, rogando, demandando, acechando por la noche, durante el sueño de su dueño.
–¡Cállate!, no te soporto –le gritaba inútilmente.
–Pero Hugo, yo te deseo, ¿No quieres probarme?
No tuvo más alternativa que esconderse en el closet para escapar a los implacables sensores de la nueva muñeca. Y desde una esquina, escondida, la mirada profunda y quieta de Leticia, de una contemplación sin juicios ni sentencias. Al verla, Hugo sintió por primera vez la imperiosa necesidad de hablarle.
–Lo siento, Leticia, me equivoqué al abandonarte… traje un monstruo por recambio. Lo siento, ¿puedes perdonarme?
Nada más que el vacío de sus pupilas compadeciendo.
–Oh, Leticia, cuánto tiempo sin verte… no sabes cuanta falta me ha hecho tu compañía…
Durante aquella noche, Hugo abrió su corazón en todo su magnífico y oscuro esplendor. Por primera vez la sinceridad absoluta superó por catarsis al placer del fornicio. El aterido hombre eyaculó sus sentimientos, sus miedos, sus necesidades, sus sueños ante Leticia, como hablando con todas las mujeres al mismo tiempo. El abandono total de la honestidad redimió a Hugo. Habló con ella hasta el amanecer y al cabo estuvo dispuesto a aceptarla tal como era: inarticulada, maltrecha, casi aniquilada por los tórridos afectos de su amante.
–Ya ha salido el sol, Leticia –concluyó Hugo–. Voy a llamar a la compañía para que se lleven a ese engendro y volvamos a ser sólo tú y yo... Te... Te amo, Leticia. Te amo porque eres mi otro yo, mi alma gemela, mi compañera eterna... Voy a sacarte de este antro y te voy a llevar a la casa de mi madre para que te conozca. Es hora de que seas parte de la familia.
Hugo le dio un fuerte abrazo, con la convicción de que los deseos de la carne ya nunca más le serían apremiantes. Entonces uno de aquellos imperturbables ojos abandonó el tranquilo semblante de la muñeca, provocando un tenue sonido de eyección que aterrorizó a Hugo.
–¿Leticia?
Pero se tranquilizó al ver la cuenca vacía en el rostro de su amor.
–Uf, me asustaste mucho, Leticia... por un momento pensé que habías hablado.

La enfermedad de la calma

El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
Jorge Teillier

Los hombres de espíritu quebrantado le tenemos miedo al mañana, nos ahogamos en la libertad del futuro, somos amenazados por los días claros, la tibieza de los abrazos y la inevitable felicidad. Incapaces de reconocer la prosperidad ante nosotros, extraviamos nuestro destino. Como testigos desamparados contemplamos el paso de nuestras vidas perfectamente concientes de la debacle por venir y con paciencia exasperante nos dejamos arrastrar por un devenir incontrolable. De un momento a otro desperdiciamos el entramado que nos sustenta y perdemos trabajo, familia, futuro en un parpadeo.
Es la enfermedad de la calma engendrando el estado morboso.
Entonces ocurre: callamos ante los amigos e iniciamos diálogos con desconocidos. Preguntamos por calles que no existen. Llamamos a números telefónicos equivocados. Consultamos la hora sin propósito. Queriendo hallarnos por accidente, nos buscamos en absurdas multitudes. Permanecemos cegados por la tranquilidad, atiborrados de urgencias, presos de un sentimiento inconfesable. Oprimidos por aquel tráfago incomprensible, vagamos confundidos en una rutina cabizbaja por la adormilada ciudad, con la infección apoderándose de nosotros.

He caminado sin destino por toda la eternidad, de regreso del hospital, dado de alta de una dolencia sin cura.
–Tendrá que esperar lo que tenga que suceder –me dijo el médico, con deleitada compasión–. ¿Tiene familia?
–Ya no.
–¿Mujer, amigos, trabajo al menos?
–No, no y tampoco. Estoy solo… pero me queda un gato.
–Mire, aquí ya no podemos hacer nada por usted –la compasión del médico se volvió lástima repulsiva–. Ha llegado al final de su tratamiento sin resultados. Tendrá que adaptarse a su condición lo mejor posible.
–Apenas me puedo mover –me sentía en el fondo de un pozo–. ¿No puede darme algo para levantarme, al menos?
–Los medicamentos ya no tienen efecto en usted. Se encuentra más allá de nuestras capacidades.
Lo mismo oído de otras bocas en la larga incubación de la enfermedad les forja a los facultativos una costumbre de impenetrable inmovilidad que ningún grito o lágrima caída sobre el desánimo puede cambiar. Una excusa cansada, una promesa de cambio a lo lejos, difusa como el tono de mis palabras al decirla, me protegía y me hacía ganar tiempo para aplazar lo inevitable. «Mañana lo hago, te juro que mañana empiezo», cuando el cansancio haya pasado y quede un impedimento fácil de remover, con una ducha tibia y la voluntad disuelta en el café para hacer las tareas dadas por otros, que se dejan para otro momento y que jamás serán realizadas, porque ahora hay que descansar.
Me detengo sobre una banca a reposar. Una melodía resuena en mi cerebro. Carezco de la fuerza para componerla. Levantarme para el último examen ha consumido mis energías. Es una melodía moribunda, apropiada para la plazoleta con árboles en otoño donde estoy sentado.
Inhalo fatiga, exhalo hastío, silbo.
Tu imagen inunda mi mente. Recuerdo tu voz, imagino tu trabajo, te llamo por celular. Aún tengo fuerzas para fumar. Son otros los cigarrillos que arden, lejanos.
Estás en el diario, Soledad. Estás fumando. No llevas ni una hora en aquel encierro demencial y ya no resistes más. Fue mala idea dormir antes del turno maratónico, parece un sexto día laboral, un último enfrentamiento en la última semana de trabajo. Cuatro computadores más allá se encuentra un abnegado trabajador –dirán los más condescendientes–, increíblemente inepto –dirás tú–, y los jefes acaban de bajar al taller para ver el resultado de su genio creativo y continuar con la tarea de sacar el gran titular.
            «¿Merece tanto esfuerzo declarar el fin del mundo en portada si nadie lo va a leer?», piensas.
            El director continúa sentado en su escritorio desde las nueve de la mañana, inmutable y temible, porque se quedará ahí hasta el término de tu turno, sin importarle que sea el último de todos. No trajiste libro, no trajiste música y no puedes ver televisión hasta que se retire la jefatura, estás harta de fumar y la bebida que subiste a comprarle a la máquina con la esperanza de que al volver hubieran pasado cuatro horas, sabe a nada. El sabor de lo que llevas hecho hasta ahora. Sacudes la cabeza queriendo evitar la demoledora asociación de que afuera tampoco has hecho nada, has estado tantos años estancada que ya no recuerdas que alguna vez fuera diferente.
            Otro minuto acaba de pasar. El fin está llegando sin amanecer.
            –Soledad, tienes una llamada en la cuatro.
            Supiste que era yo antes de tomar el auricular.
            –¿Elías? ¿Eres tú?
            –Todavía soy yo…
            –¿Cómo te fue con el médico?
            –Me dieron el alta…
            –¿Así no más? ¿Qué te dijeron?
            –“Vaya a morirse a su casa, usted nunca nos ha importado”.
            –¿Y qué vas a hacer?
            –Literalmente, echarme a morir.
            –Todos están haciendo lo mismo, no lo entiendo…
            –Pronto vas a estar en nuestro lugar y lo entenderás…
            –¿No te importa lo que ocurra?
            –Ya no… aunque…
–Aunque ¿qué?
–Quisiera verte…
–No… No me parece una buena idea.
–Sí, lo sé, es mejor de este modo… no quiero ser yo quien te contagie…
–No es por eso… La cuarentena me ha servido para sanar... Siento que he recuperado mi amor… Dejarte fue lo más sensato que he hecho. Me he dejado atar por este presente sin memoria al saber que ya no tenemos futuro. Todo lo que me separaba de ti se ha ido.
–El mundo se termina y tú te preocupas por sentimientos, Soledad. Y si es así, entonces explícame por qué no volvemos a estar juntos.
La esperanza de cada silencio se desvanece con las palabras.
–Porque amo la sensación de no tenerte, amo tu ausencia, amo la idea que me hice de ti al principio, cuando recién nos conocimos, cuando no teníamos historia… Pronto ya no será necesario que me llames o que incluso estés vivo… Estoy verdaderamente preparada para dejarte ir.
Cierro mi teléfono para no oír las razones de una separación sin sentido. Me hundo sin remedio en la inevitable plazoleta deshojada. Es curioso que nuestras conversaciones no estén botadas en el suelo también. ¿Cómo olvidar aquella sensación de conocernos? Dos extraños compartiendo fuego. Prendí mi cigarrillo con el tuyo porque de esa forma tenía la seguridad de encenderlo sin depositar mi confianza en un fósforo que perfectamente podía fallar. Conversamos tanto que apenas nos dimos cuenta cómo se iba acabando el paquete. No prendí uno nuevo y lo compartí contigo, para ahorrar. Tocaba tus labios con mis dedos sucios y era algo sensual, tú aspirabas el humo y nos besamos justo aquí sin que nos importara el aliento, porque era nuestro cuerpo, nuestros humores que se alejaban de las cajetillas de fósforos, los encendedores a bencina y a gas, entre bromas sobre la yesca y el pedernal.
Y luego el silencio. Y luego la melodía que silbé improvisadamente para escapar del silencio. Me oíste silbar por dieciocho segundos y al terminar supe lo que debía hacer el resto de mi vida contigo, pero no en ese momento, nunca, sino luego. Luego del cansancio, luego de la vida, algún día.
Consigo llegar tras un supremo esfuerzo a la casa y caigo derrumbado en mi sillón con un mareo de piernas insuficientes, con la cabeza arremolinada sobre las rodillas y puntos de luz falsa dentro de mis párpados pulsando al ritmo de mi sien. El mismo malestar del comienzo, cuando me parecía que en cualquier instante iba a hundirme en la cama, lleno de fiebre y dolores internos. Podría ser una tos, un sarpullido indicador de un virus libre en la sangre, algún síntoma reconocible que una pastilla pudiera tratar o al menos un malestar pasajero, pero no era más que la espera debilitando mi cuerpo, mientras se acercaba la sutil eclosión de un mal crónico e incurable. Aquella vez desperté por el calor y el sudor y me senté al borde de la cama, con el dolor del cerebro suelto dentro del cráneo golpeándome con cada movimiento. Tú dormías en el lecho. Recién ahora alcanzo a comprender la profunda inconsciencia en la que estabas sumida.
Mi flaqueza se volvió espantosa, abrumadora, anulante. La nubosidad matutina que empañaba las imágenes no desaparecía, aún cuando volvía al lecho y pasaba más horas recostado, juntando fuerzas para ir al baño como arrastrándome. Se suponía que con descanso habría de pasar, pero los días que dedicaba en dormir no hacían mella en la coraza de mi desánimo. Cuánta diferencia con la otra debilidad que siempre rechazaste, un cansancio displicente, alegre, motivado por una simpática flojera. ¿Acaso un padecimiento real no legitimaba mi apatía?
Me abandonaste imperceptiblemente, como un invierno que tarda toda la vida en llegar.
Una relación malamente hilvanada con un puñado de sentimientos fue lo único que pude darte con mi falta de ganas, con mi desidia aniquilante que no conseguía diluir en la ducha de vapor sedante.
Fue inevitable que empacaras tu comprensión y tus ganas de seguir adelante, mirabas a tu alrededor sabiendo que faltaban los muebles y todas las cosas que trajiste y compraste en la casa, que se suponía debían acompañarte, pero que ibas a dejar atrás. Te decidiste, pediste permiso en la crónica para hacer tu maleta, conseguiste cajas en la farmacia de tu hermana para guardar tu vida allí y sellarla con cinta adhesiva, y llevártela de vuelta a tu cuna. Se rieron juntas buscando la caja adecuada y los detalles de tu escape fueron lo único que pudiste planear fría y serenamente, guardando el estremecimiento para cuando los llevaras a cabo en la tarde, uno por uno.
–Catorce horas trabajando... y recién estoy empezando a escribir el lid de la muerte de todo lo conocido… Al menos esto me ha servido para adelgazar...
La vida está acabando. Subes escalas, corres para llegar a la hora, te repartes entre tu familia y tu ocupación, llenas el tiempo y el tiempo te llena a ti, te hincha y te anticipa, te tienes que adelantar para que nadie te alcance y planificas minuciosamente el día, la semana, el mes y ahí te detienes porque el esquema te servirá para lo que te queda por vivir, le harás pequeños cambios que cubrirán los vacíos del aniversario del golpe, las fiestas patrias, los rojos del calendario que te dejarán plantada en el descanso, pensando.
            Otra llamada en curso.
            –Soledad…
            –Elías…
            –Quiero saber… qué sientes cuando estás sin mí…
            –Siento lo que no sentía cuando estábamos juntos… siento pena, mucha pena. He llorado como nunca en mi vida, pero esto es mejor que la horrible calma que sentía cuando estaba contigo. Es hermoso volver a sentir, aunque sea este dolor…
            –Para mí es lo contrario… Es maravilloso sentir que nada importa, que todo pronto acabará… Adiós, Soledad, ya no te volveré a llamar.
            –Adiós, Elías, jamás dejaré de pensar en ti.
En un borde de la cama espero sin esperanza que cese el abatimiento. Salir de la casa es una obligación imposible y considero la utilidad de mis acciones como nunca antes. Verdaderamente hasta lo más sencillo adquiere una relevancia monumental. Cuánto se reiría Soledad si se lo dijera ahora. Sin desvestirme me introduzco en el estuche de la cama deshecha, a dormir para siempre.
En casa de tu madre, te consuelas con la idea de no asistir a las trilladas conferencias de prensa que predican el fin de los tiempos, pensando que el gran final será minúsculo, sin testigos que lo puedan presenciar, mientras amasas y haces círculos de masa sobre un paño estirado. Serán cientos de sopaipillas, nunca habías hecho tantas, y tu madre comienza a preocuparse, te llama a descansar.
–No puedo, mamá, tengo que terminar esto.
–Pero si todavía quedan sopaipillas de ayer...
–No quiero, después, mamita.
La reportera del fin del mundo ahora no sabe qué hacer. Tienes los momentos que te faltaron cuando estabas conmigo, cuando gastabas horas lidiando con mi caos.
Tengo que barrer la casa, recoger la ropa sucia desparramada y lavar los platos, derramar cloro, espolvorear insecticida que elimine a las hormigas que se están llevando grano a grano el azúcar, los trocitos de comida que devoran los hongos, la fruta podrida, alimentar al gato olvidado que maúlla con desesperación, que salta al lecho y molesta al caído que no puede levantar el control remoto y ver televisión. Y el polvo que sigue cayendo y plomizando los volúmenes, las sábanas empapadas de abandono, cubierto de mugre que ha decantado invisiblemente sobre mí. Me he orinado encima y revolotean moscas sobre mis deposiciones malolientes, esparcidas sobre la tela endurecida. Mis ojos se han secado y enrojecido mirando las manchas de humedad del techo, que se mueven y van creciendo.
            Piensas en que pronto llegará el fin del mundo, mientras recorres los pasillos vacíos de un supermercado abandonado por nosotros, los resignados a desaparecer. Atiborras el carro con productos que no necesitas y que irán a parar junto a las cajas aún sin desempacar, almacenadas en la pieza compartida con tu hermana. Al menos no tienes que explicarle a nadie que es tu forma de enterrar los recuerdos y no pensar en lo que estoy padeciendo por tu decisión de marcharte.
Te detienes por un minuto completo, sesenta momentos en los que no haces nada. Te quedas inmóvil presa de un fulminante dolor, sintiendo mi ausencia.
Y yo trato de moverme y poner los pies en tierra con la idea fija de ir a la plazoleta elevada a fumar, a encontrarnos con nuestros fantasmas, a ver cantar a los pájaros que creo oír en la distancia que me es imposible cubrir, porque esta laxitud me lo impide como siempre, como antes de nacer y de la que ya no puedo escapar. Tuve alguna vez que no preocuparme de sentir el desaliento que ahora me embarga. Ahora los músculos, los órganos y hasta la piel se deshacen sobre mis huesos salientes. Me decanto en las articulaciones que se hinchan y que insisten en mantener su forma a pesar del deterioro. Solía preguntarme el origen de la enfermedad y pasaba de largo por los corredores sin fijarme en los demás. Reducción: se elimina el grosor y se carcomen las formas. Mantención: se conservan la altura y las proporciones. Terminación: la gente desaparece sin dejar rastros.
Tengo una vaga idea de cómo funciona este mal que nos afecta. Químicos y sustancias indefinidas se queman, primero la glucosa, el glucógeno, la grasa de la que carezco y por último las proteínas estructurales, como debe estar ocurriendo en este cuerpo que ya no sirve. Quiero otro nuevo, otra mente, otra alma. O al menos regresar a la plazoleta deshojada de alguna forma, porque ahora es como una ciudad sagrada ruinosa y deshabitada a la que hay que llegar en peregrinaje, haciéndose pedazos las rodillas en el camino. Supongo que partiré un lunes en la mañana, cuando despierte y me levante y la fatiga se quede atrás, sin seguirme por las escaleras.
Tarareo una canción que no recuerdo haber oído nunca. La silbo, le busco segunda voz, mal. No quiero dejarla en el silencio. La saco fuera, no quiero que muera en mi mente. Me distraigo y el sonido se distorsiona, se pierde, se apaga.
–¿Qué parte de mí le cantará este réquiem a cuál otra?
El gato de costillas visibles y pelo raído sube a un mueble alto. Es todo ojos y garras que arañan con desenfreno las planchas transparentes del techo. La vieja fibra de vidrio debilitada por el sol se rompe pronto. El animal se estruja, se estira, pasa sus vértebras rasmillándolas en un canto filoso. Cuando consigue salir, salta a la pandereta vecina y entra de inmediato en otra casa, buscando saciar el hambre enloquecedora.