–¿Terminaste, Richard?
El enorme espejo sobre la cabecera de la cama devolvía tu propia imagen con una crudeza insoportable. El anuncio del periódico ofrecía servicio a gusto del cliente, pero pedir que removieran el odioso reflejo era imposible y te resultaba todavía más ridículo solicitar su destrucción, aún cuando la visión de ti mismo estrellado en miles de partes por el suelo sí te habría provocado alguna clase de placer, en lugar de las insistentes embestidas sobre Dayán. Tratabas, en vano, de concentrarte en la rubia sintética. Ver tu cuerpo desnudo te asqueaba, en especial tu piel de guerrero derrotado y tu rostro, como concebido para el sufrimiento, con una mirada fría y abatida. Sentías aquella tristeza como una vieja amiga, cuyo origen eludía el enfermizo orden de tu memoria. La tristeza, simplemente, estaba situada allí desde siempre.
–¿Vas continuar? –Dayán te escrutaba con la desconfianza del hábito–. Se te está acabando el tiempo.
Según el acuerdo comercial, no debía presionarte aunque el inexorable momento de volver a tu soledad estuviese por llegar.
–Es mi tiempo, ¿verdad?
–Sí, pero…
–Entonces lo puedo perder o ganar como se me antoje.
Desmontaste a la mujer antes de acabar y te sentaste a los pies de la cama, de espaldas al perturbador reflejo. Te quedaste quieto con un cigarrillo en la boca, sin encenderlo, con el mechero moviéndose por su cuenta de izquierda a derecha, encendiéndose, apagándose, encendiéndose, apagándose, ardiendo en el vacío, aproximándose a una de tus manos, quemándola brevemente. Permaneciste un par de eternidades en el lugar del silencio, considerando la posibilidad de abandonarte al fuego. Desististe, como de costumbre.
–¿Algo… te desagradó?
–Ese espejo… ¿tiene que estar encima de mí?
–A los clientes les gusta.
–A mí no, le odio.
–¿Y por qué lo odias?
–Porque yo estoy en él.
Dayán cogió su camisola y la deslizó con desgano sobre su cabeza.
–Eres raro.
–No he dicho que te vistas.
La hastiada mujer arrojó la prenda sobre una silla, contuvo sus rudimentarios sentimientos y, siguiendo el protocolo de la resignación, te prodigó su sonrisa de norma.
–Bueno, si quieres puedo acabarte yo –dijo aproximándose– ¿Quieres una francesa?
–No, odio eso. Es denigrante.
–A todos los hombres le gusta. Todos lo piden. Soy una especialista.
–Yo no soy todos los hombres.
–Eres bien raro.
–Antes me decían que era especial. Supongo que cuando uno crece las peculiaridades personales se hacen desagradables para los demás.
–¿Peculiaridades?
–Sí, aquello que llamas raro.
–Bueno –te dijo sacándote el condón–, pero tienes lo que todos los hombres tienen y quieres lo que todos quieren. Te voy a llevar al cielo, papito.
Dayán era una tipa de maneras vulgares. Todo lo convertía en algo obsceno, sucio. Hablaba en estridencias y no conocía sutilezas. Tenía un sobrepeso fluctuante propio de una mujer moderna demasiado indulgente con los placeres alimenticios. Pero ello no obstaba para que durante el sexo te revelara una belleza que pocas mujeres demostraban. Se sentía cautivada por las imágenes de sí misma en los espejos. Asumía una complacencia que a ti te recordaba a tu madre en la cocina preparando el almuerzo, mirando los ingredientes del festín con inocencia y asombro, maravillada por la mera existencia de un tomate o un trozo de carne.
Ahora Dayán te daba la espalda, un poco para eliminarte y concentrarse en tus genitales. Acariciaba midiendo longitudes, calculando proporciones y diámetros, como si fuera una naturalista indexando la fauna salvaje. Aferraba tu pene en su base y endurecía la textura de tus venas. Sus manos te recorrían con una profunda admiración y reverencia. Distendía el tiempo sexual. Podía mantenerte indefinidamente en el estado de meseta. Sentías que alcanzabas otro nivel de goce. Dayán y su tenue sonrisa reflejada perdonaba tus culpas. Te sentías exultante, portador de una reliquia sagrada. Tal era el talento de los dedos de Dayán, la cadencia del ritmo, la contención de la energía y la gratitud por permitirle tenerte en sus manos. Un delicado beso junto en la cima te acercó más al infinito. Tu madre en la cocina, tarareando. Tú, sentado en el piso, esperando la comida, sintiendo la emoción de estar vivo, sin el horroroso miedo de ser un niño. El fuego y su fulgor divino, encandilándote. Placer, paz, tú derramándote en los labios de Dayán, convulsionado por la descarga. Tú y tu madre mirándose sonrientes en un tiempo sin dolor, antes del incendio. La sacerdotisa Dayán extrayendo tus fluidos, concienzuda y sistemática, dejándote en la nada.
Volviste a colocar el cigarrillo en su cajetilla y te dirigiste al baño. A pesar de las paredes descascaradas y agrietadas, del polvo sobre las escaleras, de los cables eléctricos precariamente expuestos sin aislante y del olor a sudor, encierro y comida descompuesta, el prostituido departamento era mucho mejor que el inmundo lugar en el que habías estado escondido los últimos meses. Sobre todo en las instalaciones sanitarias. Las magníficas duchas prostibularias arrasan con toda la suciedad, sacan hasta la radiación.
El agua helada sobre tu cabeza te trajo de vuelta al teatro de operaciones donde te tocaba representar tu personaje. Quien quiera que fueras te deshacías en esa ducha, dejando atrás la única actividad humana que me gustaba realizar para dedicarte de lleno a tus inhumanidades cotidianas: quemar edificios para que la mafia inmobiliaria se hiciera cargo de la lucrativa reconstrucción.
Tardaste más de lo habitual en cargar el programa en tu mente y planificar tu itinerario de destrucción patrimonial con exactitud. Hoy te tocaba incendiar un cascarón porteño habitado por dos viejos que se negaban a vender. Si tenías suerte, no estarían en casa cuando comenzara el siniestro.
Te colocaste el envoltorio del hombre corriente, de quien asume sus limitaciones y se yergue cómodo ante los demás. Con lentes oscuros tu figura reflejada era aceptable, correcta, representativa de tu verdadera personalidad. Vestido te sentías más auténtico que desnudo. Saliste del baño con gran parte de tu aplomo recobrado.
–Me voy –le dijiste a la mujer, dejándole una propina en el velador–, estuvo todo magnífico.
–Si quieres puedes quedarte, aún te queda algo de tiempo.
–Entonces lo voy a gastar afuera, lo más lejos posible de aquí.
ME GUSTAN MOMENTOS DE CARVAJAL, CUANDO DESCRIBE CON CLARIDAD SIN RODEOS, SIN RIMBOMBANCIAS.
ResponderEliminar