Leticia ficticia

Fornicar era el único placer verdadero de Hugo. Ningún vicio, ningún goce o realización personal alcanzaba a llenarlo tanto como el alivio venéreo que experimentaba al penetrar. El acto masturbatorio lo consideraba penoso, denigrante. Ensuciarse las manos con el propio falo constituía una práctica insoportable. Era mejor dejar que una anónima criatura se encargara de su ávido apéndice y que dispusiera convenientemente de sus excrecencias. Sin embargo una relación de pareja demandaba pequeños actos que no estaba dispuesto a soportar y que se volvían más importantes que el acto en sí. Había que entablar diálogos, pasar el tiempo juntos haciendo banalidades. Estar con una mujer en cualquiera otra situación que no fuera de intercambio carnal le era inadmisible. Intentó por años mantenerse en alguna relación que le garantizara libídine, pero solía acabar de la misma forma.
–¡A ti lo único que te importa es el sexo! No te importo yo ni mis problemas ni nada que tenga que ver conmigo. ¿Me quieres al menos?
–No realmente. Apenas soporto estar contigo, nada personal, así me ocurre con todas, pero lo aguanto por el sexo.
–Imbécil, ni siquiera eres bueno en la cama.
Era cierto. Para Hugo la sexualidad consistía en un acto gimnástico, rápido, eficiente. Los movimientos precisos para que su cerebro ordenara la gran contracción-polución-distensión de su organismo. Terminado el trámite, Hugo quedaba a un lado del lecho sin pensamientos, solitario, ido en un estado de éxtasis. Podía quedarse de esta forma el resto del día mirando el techo con los párpados abiertos o dormir profundamente, sin sueño alguno.
Si las relaciones de pareja le eran imposibles, las prostitutas tampoco eran una opción. El costo y el riesgo de salud perjudicaban significativamente su placer. Su sueldo entero se esfumaba entre las piernas mercenarias y su propia entrepierna sufría los catastróficos efectos de las clamidias, las gonorreas, las sífilis y las ladillas. Para intentar salvaguardarse, buscaba una meretriz fiel y se hacía cliente habitual. Pero la relación, a fuerza de verse con regularidad, desembocaba en tórridos amores con sus detestables exigencias. Ya no podía permanecer en la quietud del arrobo. Ahora tenía que escuchar los nimios pormenores de aquellas ínfimas existencias dedicadas a yacer por necesidad con extraños. En la intimidad no tardaban en surgir las personas y su carga inaguantable de soledad.
A Hugo le parecía haber llegado al final del camino. Era cosa de tiempo para que acabara infectado de muerte o peor, atrapado en amores absurdos. Por eso, cuando leyó el aviso donde se anunciaba la venta de una amante artificial en aquella revista -con la que intentaba infructuosamente auto complacerse-, no vio un costoso juguete para adultos, sino una irrefutable promesa de felicidad. La publicidad estaba finamente impresa, parecía de buen gusto y proyectaba confianza en el servicio, a diferencia de otras promociones donde las muñecas ofrecidas consistían en meros objetos inflables de vaga apariencia humana. Este producto lucía de una calidad exponencialmente superior a los otros y transportaba la imaginación hacia abyectas direcciones.
Hugo decidió entonces que no podía beneficiarse de la compra en casa de su madre. Era necesario independizarse, buscar un lugar propio con el fin de recibir a tan insólita compañía. Para tal efecto eligió un sórdido hotel de Valparaíso que ostentaba la fama de acoger a incomprendidos sujetos como Hugo… con discreción… y tolerancia. Allí instalado llamó a la compañía distribuidora para solicitar el ansiado pedido, con la esperanza de quien apuesta todo lo que tiene en una jugada.
–(Saludo corporativo) ¿Qué desea?
–Quiero comprar el modelo de lujo que ofrecen en la revista.
–Por supuesto (interés corporativo), ¿alguna preferencia en particular?
–¿A qué se refiere?
–Rubia, morena, colorina… los ojos de algún color en particular.
–No me interesa, mándeme cualquiera que tenga los tres orificios necesarios.
–Eeeh, bien (oferta corporativa), pero déjeme decirle que por un pequeño costo extra podemos enviarle nuestro modelo experimental con software de comportamiento incluido.
–¿Qué es eso?
–Básicamente se trata de una personalidad artificial concebida para aumentar su placer.
–¿Y eso qué significa?
–La muñeca habla. Gime de placer, dice su nombre, habla sucio, lo que usted guste.
–¿Una muñeca que habla? Que horror. Por ningún motivo quiero que la muñeca hable, ¿está claro? La quiero silenciosa, muda, sin rostro en lo posible.
–¿Sin rostro? (duda corporativa), lo lamento, pero eso no es posible, vienen así de fábrica.
–No importa, envíeme el modelo que ofrecen en la revista. ¿Cuándo la pueden enviar a mi domicilio?
–El envío tarda de dos a tres semanas una vez verificada la transacción.
En las dos semanas siguientes Hugo purificó mente y cuerpo con la más ascética de las abstinencias. Contuvo toda urgencia venérea, todo asomo de placer carnal con el firme propósito de dedicarse por entero a su adquirida relación. Pasaron diecisiete interminables días para que la gran promesa llegara a sus aposentos. Firmada la guía de despacho y propinada la generosa propina a los dos sarcásticos sicarios de la compañía, Hugo desembaló frenético la aparatosa caja de madera y descubrió cubierta de bolsas con burbujas y polietileno, a una elegante criatura vestida con traje de noche, de apariencia casi humana, de no ser por aquella mirada plástica y sin vida, fija en el vacío.
–Eres… eres más hermosa de lo que había imaginado.
Dos inexpresivos globos oculares seguían clavados en ninguna parte.
–Te llamaré Leticia, como mi madre…
Y sin mediar románticos preámbulos, Hugo se abalanzó sobre ella.
Nunca, en toda la historia de la Humanidad, un hombre había hecho el amor a una mujer de la forma en que Hugo fornicó a Leticia durante esos tres años. En mil intensos días, Hugo concibió la total liberación del Hombre sobre la Mujer. No quedó fantasía alguna en su mente. Sus más oscuros deseos fueron transformándose, deliciosamente, en recuerdos.
Durante aquella época, Hugo se convirtió en un ser funcional, un gran trabajador capaz de dar lo mejor de sí a su empresa, asertivo, capaz de soportarlo todo al saber que terminada la jornada laboral, la completa realización personal lo aguardaba en el hogar, siempre en el mismo lugar, lista a satisfacer sus necesidades: Leticia, la amante perfecta.
Pero ocurrió el inevitable deterioro de cualquier unión. Tres años es mucho tiempo para un mecanismo hecho por el hombre y la fatiga de materiales comenzó a hacerse patente en el sintético cuerpo de Leticia. Sus senos, otrora turgentes y bien modelados, evidenciaban tristes cuarteaduras por sus bordes; sus labios sensuales se habían desteñido irregularmente, a la manera de las enfermedades degenerativas; sus caderas sinuosas estaban dislocadas y parte del relleno interno se había desplazado a otras zonas de su cuerpo, deformándolas y creando una triste acumulación más arriba de su vientre como una barriguita. Pero lo más lamentable de su desgaste lo constituía la pérdida de elasticidad de sus esfínteres artificiales. Hugo no conseguía el placer del comienzo, cuando sus partes aún olían a nuevo. Ahora era como hacerlo con un deformado ser. Del conjunto, lo único que parecía resistir el paso del tiempo eran los fríos ojos de Leticia, su mirada neutra le parecía a Hugo de una reconfortante tranquilidad, una especie de complacencia por él que jamás había visto reflejada en los ojos de ninguna mujer.
Por supuesto que estas sutilezas no eran suficientes para Hugo, de manera que hizo otra llamada, a escondidas de Leticia, para conseguir su reemplazo.
–(Saludo corporativo) ¿Qué desea?
–Quiero comprar otro modelo de lujo que ofrecen en la revista.
–¿Otro? (Duda corporativa) ¿Es usted cliente nuestro?
–Sí, compré hace unos años el modelo LET 1514.
–Sí, un modelo popular (sondeo corporativo)… ¿Puedo preguntarle porqué desea otro?
–El que tengo ya no funciona como antes. Se encuentra muy deteriorado.
–Pero me aparece en pantalla que el modelo tiene una garantía de 50.000 ciclos. Debería durarle varios años más.
–Pues se ha descompuesto, ¿me entiende? Así que mándeme otro y no me haga más preguntas.
Durante la espera, Hugo preparó la llegada de su nuevo amor escondiendo a Leticia en un closet. La desarticulada criatura quedó almacenada junto con viejos zapatos, ropa usada y voluminosos cachivaches sin utilidad. Inexplicablemente Hugo disfrutó la soledad de la espera sin la ansiedad con la que aguardó por la llegada de Leticia. Cuando pusieron la caja en su departamento, demoró varias horas en abrirla, no del todo convencido de su decisión. La necesidad fue más fuerte y procedió a desembalarla. La nueva muñeca tenía un rostro sonriente y una mirada viva y altiva.
–Hola Hugo, ansiaba verte.
El hombre quedó estupefacto.
–Hugo, tócame, soy toda tuya.
El hombre sentía una extraña fatiga en piernas y brazos.
–Hugo, llévame a nuestra habitación. Quiero hacerte el amor.
Mecánicamente la llevó al lecho como una novia por correspondencia y ya tendida en la cama, se montó sobre ella, sin conseguir la erección.
–Tómame Hugo, quiero ser tuya.
Irritado, Hugo la arrojó fuera de la cama. El sofisticado artilugio cayó al suelo gracilmente, como un felino.
–Así, Hugo. Me gusta que seas rudo. Anda, poséeme por atrás, te lo ruego.
Salió del cuarto estremecido por al náusea. Había perdido la costumbre de lidiar con seres animados y sus desesperantes requerimientos. En los días sucesivos infructuosamente trató de contener al abominable artefacto, que nunca dejaba de insistir en la genitalidad obsesiva, recurriendo a un infinito número de estrategias predeterminadas, rogando, demandando, acechando por la noche, durante el sueño de su dueño.
–¡Cállate!, no te soporto –le gritaba inútilmente.
–Pero Hugo, yo te deseo, ¿No quieres probarme?
No tuvo más alternativa que esconderse en el closet para escapar a los implacables sensores de la nueva muñeca. Y desde una esquina, escondida, la mirada profunda y quieta de Leticia, de una contemplación sin juicios ni sentencias. Al verla, Hugo sintió por primera vez la imperiosa necesidad de hablarle.
–Lo siento, Leticia, me equivoqué al abandonarte… traje un monstruo por recambio. Lo siento, ¿puedes perdonarme?
Nada más que el vacío de sus pupilas compadeciendo.
–Oh, Leticia, cuánto tiempo sin verte… no sabes cuanta falta me ha hecho tu compañía…
Durante aquella noche, Hugo abrió su corazón en todo su magnífico y oscuro esplendor. Por primera vez la sinceridad absoluta superó por catarsis al placer del fornicio. El aterido hombre eyaculó sus sentimientos, sus miedos, sus necesidades, sus sueños ante Leticia, como hablando con todas las mujeres al mismo tiempo. El abandono total de la honestidad redimió a Hugo. Habló con ella hasta el amanecer y al cabo estuvo dispuesto a aceptarla tal como era: inarticulada, maltrecha, casi aniquilada por los tórridos afectos de su amante.
–Ya ha salido el sol, Leticia –concluyó Hugo–. Voy a llamar a la compañía para que se lleven a ese engendro y volvamos a ser sólo tú y yo... Te... Te amo, Leticia. Te amo porque eres mi otro yo, mi alma gemela, mi compañera eterna... Voy a sacarte de este antro y te voy a llevar a la casa de mi madre para que te conozca. Es hora de que seas parte de la familia.
Hugo le dio un fuerte abrazo, con la convicción de que los deseos de la carne ya nunca más le serían apremiantes. Entonces uno de aquellos imperturbables ojos abandonó el tranquilo semblante de la muñeca, provocando un tenue sonido de eyección que aterrorizó a Hugo.
–¿Leticia?
Pero se tranquilizó al ver la cuenca vacía en el rostro de su amor.
–Uf, me asustaste mucho, Leticia... por un momento pensé que habías hablado.

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