Me siento al borde de su lecho dormido. Mi aburrimiento llega a un límite peligroso. La desnudo esperando que el frío la despierte. La mujer se recoge, frunce el ceño, incómoda, y duerme con mayor profundidad.
Doy una vuelta por la casa de cimientos podridos y fachada derruida. Me golpea ese olor de madera muerta, impregnado de vino y fruta, orinada de extremo a extremo. Y me gusta. Aquí pueden ocurrir los acontecimientos que me agradan. Al amparo de este aroma puedo producir situaciones convergentes, entenderles su significado sin asustarme, y pueden ocurrir las ideas bajas que se solazan en mis distracciones.
Las acciones van a suceder o ya han pasado, porque estoy mirándome en el espejo descompuesto de un baño rosado y micótico, el lavamanos inclinado y manchado a la derecha, el excusado taponado, las baldosas rojizas picoteadas en los bordes y una tina convertida en ducha eléctrica, con dos cables húmedos y sin aislante –una trampa mortal disfrazado de hidromasaje–, goteras cenagosas, ropa sucia amontonada, afiches adheridos a las paredes arrugados por el vapor y el olor que se devuelve por los desagües colapsados.
Debo hacer una lista que resuelva el conjunto y converja en el lecho. No tengo más que recordarla o pasearme viendo a mi alrededor mientras espero el amanecer, cuando las ventanas tapiadas se abran y dejen salir la hediondez corpórea y sofocante.
Estoy en el baño lavándome la cara y las lágrimas, respirando profundamente con la intención de calmar los temores que brotan de mi estómago. Mi amiga la pálida juega al trompo con mi cabeza y sopla por el esófago hasta el corazón, hinchándolo. Recuerdo cuando llegamos a esta casa el uno sobre el otro, lengua sobre lengua como animales, y cuando nos separamos para reírnos y decirme que le diera un momento y que luego la siguiera a la cama. Por fin tengo atrapada a Alejandra, pensé. Me bastaba con que la desconocida tuviera su chaqueta, quizás un gesto y me inclino a creer que también un lunar. Entonces la vi de reojo, antes de seguirla a la pieza y encontrarla desparramada en el lecho, noqueada por el trago.
Salgo del baño hasta el pasillo de la entrada y encuentro una preciosa naturaleza muerta: un revistero del ’74 con publicaciones en francés y alemán, con un cenicero euskadi y una botella de cerveza individual a medio servir –que alguien abrió apresuradamente con un objeto oxidado que dañó el gollete–, sobre la cubierta de madera oscura, bajo la luz del farol de la calle, oblicua, que cae sobre el objeto polvoriento de etiqueta velada por soles sucesivos.
Voy a la pieza de la dormida, botella en mano. Me excita la tranquilidad del hallazgo, casi no lo puedo creer. La idea es simple. He recorrido la casa sin saberlo. Ahora me es evidente con esta Alejandra alcohólica en espera de mi instalación. Pero antes, la pausa inevitable. Me he tropezado con una historia.
Tu cuerpo sobrecogedor es imperfecto, por obra y gracia de mi suerte. Tus pies son ligeramente disparejos. Uno de ellos tiene una rotación anómala de diez o quince grados. Lo palpo y descubro tu fractura de tarso de los trece años, cuando pasabas la etapa de subirte a los árboles para ganar la aceptación de tus amigos hombres. Por supuesto que trepaste más alto que los demás. Desde abajo, ellos te arrojaron piedras que no te alcanzaron. Los mirabas apoyada de costado sobre una rama doblegada, provocándolos lasciva, pero aún infantil. Cada uno de ellos sentía que aquello no podía ser y te gritaron e insultaron y te protegiste en carcajadas y sin saber cómo, caíste al suelo sobre un pie. Fueron a buscar a tu madre que no supo ayudarte por preocuparse de tu dolor en el tobillo. No celebró la caída como necesitabas y juntas corrieron al centro asistencial donde un médico homosexual diagnosticó la lesión. Tu madre, aliviada y tú, para siempre desilusionada, aunque eso de ilusionarse lo perfeccionaste unos cuantos años después.
Subo por la misma pierna y descubro una gran cicatriz anterior. Calculo que fue a los seis años. Es ancha, plana y está en diagonal con respecto al eje de la pantorrilla. Fue un corte rápido y profundo. Fue en la boutique de tu madre, casi un mes después que discutiera con tu padre y decidieran concluir la familia. Con la pelea se dijeron palabras que tu madre intentó explicarte a los dieciocho, cuando preguntaste, pero que sólo te fue posible comprender a los veintitrés. En aquella discusión él rompió un vidrio del mostrador. Tu madre, en llantos, recogió el pedazo más grande y lo guardó a un lado del mesón y tú fuiste a jugar y a correr ese día, mientras tu madre conversaba al teléfono, y pasaste demasiado cerca del cristal roto sin notarlo. Tu madre te vio a gritos y te diste cuenta de la sangre escapando de tus arterias y fueron juntas al hospital. Entonces no te decepcionaste como con la fractura que vendría, tal vez porque hubo sangre. De cierta manera no era tu culpa sino de ella, al guardar aquel pedazo inservible. Lloraste porque ella lloraba, te asustaste porque ella estaba aterrorizada y también devastada. No tenías edad para preguntar.
Hay puñados de cicatrices despigmentadas en tus rodillas. Los juegos de la brusquedad. Tú oyendo a tu madre el sermón de la señorita que no juega a los golpes con los hombres, que aunque ahora los recuerdes como niños siempre fueron hombres. El yodo que arde y subraya las frases de tu madre.
Por tu abdomen, lado derecho, quirúrgica, probablemente apendicitis, una cicatriz acordonada, roja e irritativa. Ocurrió en emergencia. Para cuando llamaste a mamá estabas a minutos de la peritonitis. En el taxi camino al hospital eran una temiéndole a la muerte. Te dijeron que los hombres te traerían dolor, era cuestión de tiempo y se marcharían dejándote marcada. Aunque era apenas una metáfora, saliste del pabellón con el peor quiebre. Esta vez era completamente tu culpa; inocente la madre, tú, la hija inmerecedora de una madre santa.
Heridas bajas. Marcas de piel de diferentes pigmentaciones, hipertróficas, queloides, tamaños y dolores sin corresponder, la utilización de tus lesiones por tu madre, la separación para que ya no siguieras herida. Inconsciente de tu historia, ese algo debajo de tus sentimientos te decía que ya vendría otra crisis que tensara el lazo materno inmanejable y culposo. Tú y los hombres, tu madre y los hombres, los hombres y los símbolos de quiebre, utilitarios, que te unen y te separan de ella, aunque ahora estés logrando ser lo que quieres sin quiebre y sin ella.
Yo estoy aquí para poner el fin a tu etapa más dolorosa, botella en mano. Soy el corolario, la lección definitiva sobre los hombres que te hará reconciliar con tu madre. Después de mí, nadie podrá dañarte jamás. Es necesario, me lo agradecerás.
Pongo la individual entre sus piernas. Se la introduzco con tanta gracia que se anima a sonreír. Es apenas la boca, el cuerpo de la botella crece a medida que voy empujando. Hay un punto en el que ya no avanza más. Recuerdo que se trata del tejido más elástico del mundo y presiono con mis fuerzas de herrero. Pasa de un tirón. La picadura del gollete lacera el cuello del útero. No hay gemidos interesantes. Restos de cerveza manchan su interior. Me doy cuenta de lo que he hecho, de mi error. Debí limpiarla antes por dentro y colocar una muestra de mi semen. Intento extraerla para corregir pero el envase ha hecho vacío. Esto lo tendrán que sacar en urgencias. He creado un futuro material de chiste de auxiliar de enfermería en pasillos aburridos. Me alejo y paneo, no hay elegancia, se ve ridícula. Al ponerme de pie me mareo profundamente. Tambaleo hacia lo que creo es la puerta del baño.
Estoy frente al espejo recordando, planeando, fantaseando para evadirme de mi genuflexión forzada ante el excusado y el vaciadero de vísceras. Quiero caer y que me lleven detenido y me encarcelen por agresión sexual. O por el intento. O por siquiera considerar esta posibilidad. Estoy maldito con el poder de la impunidad.
Mejora mi equilibrio. La puerta de salida es pesada y desvencijada. No quiero ver a la Alejandra alcohólica o mi instalación. Demasiadas certezas en estas últimas horas, prefiero quedarme con la duda. Bajo por la madrugada desierta hacia el plan de Valparaíso. En alguna parte deben estar vendiendo alcohol para las bestias.
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