Tres razones para golpear mujeres


Estaba sin casa, sin dinero, sin planes, sin mujeres y completamente desintoxicado, consumiendo la droga más dura de todas: la realidad. Trataba de mantener al mínimo los límites de violencia entre mis hermanos e intentaba lidiar con la vacía sensación que me dejó el abandono de Ivette. Fui eyectado de la más absurda de mis relaciones un martes cualquiera, con mis pertenencias perdidas para siempre.
El racconto autocompasivo me mantenía el ánimo quebrantado. Las palabras de Ivette se incrustaron en mi acervo particular como ideas propias, explicando mis múltiples rupturas. Ella me hizo conocedor de las causas y efectos de mi comportamiento, a saber, la evasión de cualquier tipo de intimidad que no fuera sexual y el rechazo al menor instante de soledad. Toda mi personalidad estaba –según Ivette– erigida sobre esos dos principios.
Toqué fondo cuando comencé a prestar verdadera atención a lo que ella decía, a tomar en serio la charlatanería de los siete niveles de intimidad que predicaba desde el diván a la cama. Alcancé un nivel particularmente infame cuando intenté clasificarme en su esquema para saber la profundidad de nuestro compromiso. Y peor aún, cuando convertí nuestra unión en la apuesta definitiva, la búsqueda más idiota de una supuesta redención necesaria para mejorar mi vida, para madurar de una vez.
Por supuesto, no podía funcionar. Flotaba consumido por mi implacable anhedonea o, como me decía Ivette, poseído por un desinterés criminal por la vida cotidiana, como si ofrecerme a lavar los platos sucios después de la cena de los silencios o sacar la basura del habitat fueran requisitos esenciales para demostrarle mi afecto. Fue mi estólido mutismo a encargarme de los quehaceres de la casa el detonante de aquel ominoso martes.
–Yo soy el que trabaja, por lo tanto en MI CASA no haré otra cosa más que descansar.
–Yo no quiero tener una pareja así, NO QUIERO, NO ME LO MEREZCO –sentenció ese martes−, SAL DE AQUÍ, ME TIENES HARTA, NO QUIERO VERTE, NO QUIERO SABER DE TI.
Intercambiamos el habitual intercambio de insultos, siguiendo el guión del modelo hombre-hembra cuyo profundo significado comprendí al estar relacionado con una mujer que no podía amar con propiedad. Llegamos a ese punto de la relación donde sólo quedan los golpes, la sangre, la muerte, la supremacía de facto del hombre sobre la mujer. Me bastaba imponer mi fuerza sobre ella y su silencio permanente sería mi premio.
Preferí largarme para evitar el crimen. Los engranajes del universo se movían de manera misteriosa y sincronizada. Mis hermanos estaban cursando por la misma situación. Tenía que llamarlos urgentemente si quería asegurarme un refugio.
En el almacén de la esquina me miraron como si fuera un asesino.
-Oiga señora, ¿tiene cambio? Necesito monedas para el teléfono.
Las dejó caer sobre el mesón. Mi rostro cambió su desprecio por miedo. Yo venía de la casa de los gritos, el palacio del odio. Una de las monedas rodó por el suelo y dos baldosas la atraparon por el canto. Elegí la moneda de destino chingado para pagar la breve conversación.
-Johnny, soy Richard. ¿Cuándo te vas a cambiar donde el Brian?
-Qué bueno que me llamaste. Necesito ayuda urgente para el cambio. Me tengo que ir como sea hoy.
-Mierda, ¿no puede ser mañana?
-No. Si no es hoy voy a perder todo lo que tengo en la casa y más encima, me van a venir a dar una lección.
-Lección de álgebra, de lenguaje o qué.
-Lección de vida o muerte, Richard. Vente ahora. Tengo la camioneta esperando.
Volví al departamento cabizbajo, con mi actitud de indiferencia depravada, considerando la paradoja de querer vivir por mi cuenta, pero rodeado de mis hermanos. Entre los tres no hacíamos uno. Vivíamos cada uno la pesadilla de convertirnos en nuestro padre, calvos, ciegos, iracundos, encontrando en cada uno de nuestros fracasos el inevitable lugar común paterno.
Cuando llegué, mis efectos personales estaban siendo defenestrados del séptimo piso, la reja de entrada al edificio con candado y yo, sin llaves. Consideré lo que ya estaba estrellado en el suelo. Mis libros de ficción, las grandes y estupendas mentiras en las que me agradaba sumergirme, estaban esparcidos indignamente, como aves muertas, abiertos con el lomo para arriba. Mi ropa recién lavada y arrugada dispuesta por doquier, algunos pantalones enganchados en los balcones de los vecinos ondeaban como banderas de rendición. Y lo verdaderamente intolerable: la inocencia del reproductor de música aniquilada, con sus interioridades evisceradas como un animal en la carretera.
No me resistí al desalojo. En el fondo agradecía el rudo procedimiento de mudanza no sólo porque me evitaba empacar y trasladar por las escalas mis exiguos trastos, sino que además expiaba mis culpas. A mi padre jamás la habría ocurrido esto, él lo habría resuelto de un golpe. Y si yo no lo había hecho, entonces no podía quejarme. Esperé a que terminara el espectáculo con la tranquilidad del merecimiento. Recogí luego lo que consideraba esencial, cargué mi auto y lo conduje en dirección a la ex casa de Johnny.
-¿Por qué no dejas todo esto atrás? –le dije a mi acongojado hermano a media escala con un enorme sillón a punto de rodar abajo.
-¿A qué te refieres? –me contestó sonrojado por el esfuerzo de impedir la caída del mueble.
-A que deberías dejas TODO atrás. Te vas de una casa que nunca te gustó y te llevas los muebles que nunca te agradaron… ¿Por qué no vendes TODO esto y te compras TODO nuevo?
-¿Te volviste loco? No soy millonario, tengo que economizar para pagar la demanda y el arriendo del primer mes…
-Creo que vas a ser más rico si partes de cero o apenas con lo esencial. Llévate sólo tus herramientas y construye TODO lo demás.
-Richard, me va a ser súper difícil sobrevivir teniendo a la Angélica como enemiga –dejó asomar la desesperación acumulada-. No sé cómo va a ser mi vida de ahora en adelante.
-Mejor, Johnny, mucho mejor.
-No sé cómo puedes ser tan optimista después de lo que me pasó con ella.
-Ya, la pobre víctima.
-Oye, en serio, tuve que pegarle, no me dejó opción.
-Pero por supuesto que tenías que pegarle. La Angélica está loca. No te lo dije antes porque eres mi hermano, pero la tipa está demente. ¿Para qué seguiste con ella?
-Porque la amaba.
-Hasta que te quiso apagar un cigarrillo en la cara. Y eso que la trataste como princesa. Debiste pegarle mucho antes.
-Es lo mismo de siempre, yo tengo pésima suerte con las mujeres. El universo entero está en mi contra.
-Eso es irrelevante, porque ese es el propósito del universo: oponerse a nosotros.
-Hablas como el viejo.
-Contéstame lo siguiente, ¿por qué no arrojamos el sillón de aquí hasta el camión?
-Porque la gravedad no lo va a permitir…
-Exacto, queremos que esto vuele, pero hay una fuerza que lo impide, que lo tira para abajo.
-No entiendo a qué quieres llegar.
-A que si vas a ser pesimista, mejor muérete, porque esa es tarea del universo. Somos nosotros la única fuerza que puede compensarlo… Ser optimistas es un deber.
-Mira, si no me quieres ayudar, sólo tienes que decirlo sin necesidad de inventar tonteras.
-Por supuesto que quiero ayudarte y por eso voy a hacer esto…
Dejé mi parte del sofá pendiendo en la escalera, agité mi mano a modo de despedida y ascendí los escalones para alejarme de la escena. Johnny me gritó su escueto repertorio de insultos y me sentí satisfecho de que pudiera desahogarse. Tomó el astillado trono por sus medios y lo arrastró a la camioneta. Me quedé a ver cómo completaba la faena solitariamente. Esperaba que dejara algunas cosas atrás para viajar más ligero, pero siguió con determinación hasta el final.
Lo que yo entiendo por mudanza es dejar todo atrás, irse con lo puesto y en el dintel de la nueva casa, desnudarse para vestir la nueva ropa, sentarse en la nueva silla y ver el mismo viejo y cansado mundo por la nueva ventana. Lo cierto es que apenas es una nueva oportunidad de cometer los mismos errores, de manera diferente, en otro lugar. Johnny trasladó consigo hasta las bolsas de basura con los restos de la última cena en casa de Angélica.
Después de unos minutos reflexionando sobre mi nueva ubicación concluí que no podía quedarme sentado viendo como Johnny se iba donde Brian. Lo seguí detrás en mi indocumentado auto. No iba a someterme a la tristeza o tomar alegría del asunto. Procedía jugar la carta del tonto y salir librado por parentesco de mi situación de calle.
Llegué al departamento de nuestro hermano menor detrás de la camioneta con los cachivaches de Johnny.
-¿Y dónde vas a poner esto? ¡No cabe nada en el departamento! -Brian estaba furioso como siempre. De los tres era el más radical, incapaz de abandonar su estado iracundo.
-Oye, es lo único que tengo.
-¡Es pura basura!
-Mejor boten los cachureos, yo también tengo que caber ahí –les dije.
Con mi llegada los ánimos se calmaron. Subieron entre los dos parte de la carga de la camioneta mientras yo sacaba mis exiguas pertenencias del auto, las metía en la pieza más grande del lugar y me acomodaba frente al televisor esperando a mis hermanos con dos cervezas.
Los dos clones se sentaron abatidos por la situación. Las mujeres nos habían derrotado. A mí, el exceso de sensibilidad de una mujer a la que fui incapaz de golpear; a Johnny, lo opuesto; y a Brian, el ideal que no pudimos lograr, la mujer sometida a un maltrato sistemático e inútil, porque aún así lo había abandonado a su suerte para irse a la casa de la suegra con los niños.
-Qué mierda, esto nunca le pasó al viejo…
-Porque la mamá se le murió, si no le habría ocurrido lo mismo.
-Mentira, la mami era una mujer de la vieja escuela, de las que aguantan todo.
-De las que ya no hay…
-Mi vieja era distinta –les interrumpí-. Una mujer independiente, trabajadora, una pionera entre cavernícolas. Y el viejo igual la maltrató antes de dejarla.
-¿Y le pegaba también? –consultó Johnny.
-No tanto, quizá un par de veces –recordé-. Lo que más hacía era gritarle. La dominaba con la voz.
-¡Maestro! –dijo Brian-. A mí no me resulta.
-Y por eso te vas a las manos altiro–le acusé.
-¿Y cuál es el problema? Jamás la mandé al hospital o le quebré un hueso o le dejé un moretón en la cara.
-El recurso se agota, Brian, no hay que exagerar.
-Según el viejo sólo hay tres razones para golpear mujeres.
-¡Ah, sí! Siempre hablaba de eso. También decía que no había que pegarles a todas.
-Eso lo aprendió de los perros.
-¿Cómo así?
-Cuando era joven el viejo criaba perros y los vendía. Los dividía en dos clases, los perros mascota y los perros de ataque. Con los perros mascota había que combinar el rigor y el afecto. Esos perros reaccionaban mejor con el cariño que con los golpes. En cambio con los perros de ataque había que ser dominante, duro, a puro golpe. Si se te ocurría tratarlos bien, el perro te mordía. Jamás había que tratarlos bien. Decía que las mujeres eran igual, algunas no se les puede tratar bien jamás.
-¿En serio? ¿De ahí lo sacó? A mí nunca me contó la historia de los perros.
-En serio –agregué-. Decía que la mujer es un ser concebido para el sufrimiento. Lo necesita en su vida y si no se lo dan, entonces lo provoca.
-Tiene lógica –aportó Johnny-. Para las mujeres todo es dolor. La primera vez, la menstruación, el parto y el día a día. Y del hombre también espera que la haga sufrir. El viejo la tenía clara, cuando le pegaba a una mina me decía “aprende Johnny, así se hace, un golpe fuerte en el estómago y sin que nadie te vea”.
-Eso es súper importante –saltó Brian-, la gente se te viene encima y no falta el caballero que sale en defensa de la dama y te hace quedar como si fueras un monstruo.
-Ya, pero tú les pegas a todas.
-No es cierto –me negó Brian.
-Claro que sí, ninguna se salvó.
-¿Cómo que no? Jamás le pegué a la Kimberly. Ni con el pétalo de una rosa.
-Já, claro que no, porque ella te pegaba a ti –intervino Johnny.
-En realidad. ¿Ven lo que digo? Si uno no les da dolor ellas se lo dan a uno. 
Sin ideas nuevas, los recuerdos del viejo llenaban nuestras cabezas. Sin importar lo que hiciéramos, nuestras decisiones nos habían conducido al mismo sillón donde décadas atrás se sentara el hombre original. Y mientras siguiéramos con la bronca en el alma, la pantalla no se iría a negro ni aparecerían los créditos, la historia continuaría lo deseáramos o no. Dejamos los tragos servidos en la mesa y nos quedamos observando el vacío sin hablar el resto de la tarde.

  

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