La enfermedad de la calma

El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
Jorge Teillier

Los hombres de espíritu quebrantado le tenemos miedo al mañana, nos ahogamos en la libertad del futuro, somos amenazados por los días claros, la tibieza de los abrazos y la inevitable felicidad. Incapaces de reconocer la prosperidad ante nosotros, extraviamos nuestro destino. Como testigos desamparados contemplamos el paso de nuestras vidas perfectamente concientes de la debacle por venir y con paciencia exasperante nos dejamos arrastrar por un devenir incontrolable. De un momento a otro desperdiciamos el entramado que nos sustenta y perdemos trabajo, familia, futuro en un parpadeo.
Es la enfermedad de la calma engendrando el estado morboso.
Entonces ocurre: callamos ante los amigos e iniciamos diálogos con desconocidos. Preguntamos por calles que no existen. Llamamos a números telefónicos equivocados. Consultamos la hora sin propósito. Queriendo hallarnos por accidente, nos buscamos en absurdas multitudes. Permanecemos cegados por la tranquilidad, atiborrados de urgencias, presos de un sentimiento inconfesable. Oprimidos por aquel tráfago incomprensible, vagamos confundidos en una rutina cabizbaja por la adormilada ciudad, con la infección apoderándose de nosotros.

He caminado sin destino por toda la eternidad, de regreso del hospital, dado de alta de una dolencia sin cura.
–Tendrá que esperar lo que tenga que suceder –me dijo el médico, con deleitada compasión–. ¿Tiene familia?
–Ya no.
–¿Mujer, amigos, trabajo al menos?
–No, no y tampoco. Estoy solo… pero me queda un gato.
–Mire, aquí ya no podemos hacer nada por usted –la compasión del médico se volvió lástima repulsiva–. Ha llegado al final de su tratamiento sin resultados. Tendrá que adaptarse a su condición lo mejor posible.
–Apenas me puedo mover –me sentía en el fondo de un pozo–. ¿No puede darme algo para levantarme, al menos?
–Los medicamentos ya no tienen efecto en usted. Se encuentra más allá de nuestras capacidades.
Lo mismo oído de otras bocas en la larga incubación de la enfermedad les forja a los facultativos una costumbre de impenetrable inmovilidad que ningún grito o lágrima caída sobre el desánimo puede cambiar. Una excusa cansada, una promesa de cambio a lo lejos, difusa como el tono de mis palabras al decirla, me protegía y me hacía ganar tiempo para aplazar lo inevitable. «Mañana lo hago, te juro que mañana empiezo», cuando el cansancio haya pasado y quede un impedimento fácil de remover, con una ducha tibia y la voluntad disuelta en el café para hacer las tareas dadas por otros, que se dejan para otro momento y que jamás serán realizadas, porque ahora hay que descansar.
Me detengo sobre una banca a reposar. Una melodía resuena en mi cerebro. Carezco de la fuerza para componerla. Levantarme para el último examen ha consumido mis energías. Es una melodía moribunda, apropiada para la plazoleta con árboles en otoño donde estoy sentado.
Inhalo fatiga, exhalo hastío, silbo.
Tu imagen inunda mi mente. Recuerdo tu voz, imagino tu trabajo, te llamo por celular. Aún tengo fuerzas para fumar. Son otros los cigarrillos que arden, lejanos.
Estás en el diario, Soledad. Estás fumando. No llevas ni una hora en aquel encierro demencial y ya no resistes más. Fue mala idea dormir antes del turno maratónico, parece un sexto día laboral, un último enfrentamiento en la última semana de trabajo. Cuatro computadores más allá se encuentra un abnegado trabajador –dirán los más condescendientes–, increíblemente inepto –dirás tú–, y los jefes acaban de bajar al taller para ver el resultado de su genio creativo y continuar con la tarea de sacar el gran titular.
            «¿Merece tanto esfuerzo declarar el fin del mundo en portada si nadie lo va a leer?», piensas.
            El director continúa sentado en su escritorio desde las nueve de la mañana, inmutable y temible, porque se quedará ahí hasta el término de tu turno, sin importarle que sea el último de todos. No trajiste libro, no trajiste música y no puedes ver televisión hasta que se retire la jefatura, estás harta de fumar y la bebida que subiste a comprarle a la máquina con la esperanza de que al volver hubieran pasado cuatro horas, sabe a nada. El sabor de lo que llevas hecho hasta ahora. Sacudes la cabeza queriendo evitar la demoledora asociación de que afuera tampoco has hecho nada, has estado tantos años estancada que ya no recuerdas que alguna vez fuera diferente.
            Otro minuto acaba de pasar. El fin está llegando sin amanecer.
            –Soledad, tienes una llamada en la cuatro.
            Supiste que era yo antes de tomar el auricular.
            –¿Elías? ¿Eres tú?
            –Todavía soy yo…
            –¿Cómo te fue con el médico?
            –Me dieron el alta…
            –¿Así no más? ¿Qué te dijeron?
            –“Vaya a morirse a su casa, usted nunca nos ha importado”.
            –¿Y qué vas a hacer?
            –Literalmente, echarme a morir.
            –Todos están haciendo lo mismo, no lo entiendo…
            –Pronto vas a estar en nuestro lugar y lo entenderás…
            –¿No te importa lo que ocurra?
            –Ya no… aunque…
–Aunque ¿qué?
–Quisiera verte…
–No… No me parece una buena idea.
–Sí, lo sé, es mejor de este modo… no quiero ser yo quien te contagie…
–No es por eso… La cuarentena me ha servido para sanar... Siento que he recuperado mi amor… Dejarte fue lo más sensato que he hecho. Me he dejado atar por este presente sin memoria al saber que ya no tenemos futuro. Todo lo que me separaba de ti se ha ido.
–El mundo se termina y tú te preocupas por sentimientos, Soledad. Y si es así, entonces explícame por qué no volvemos a estar juntos.
La esperanza de cada silencio se desvanece con las palabras.
–Porque amo la sensación de no tenerte, amo tu ausencia, amo la idea que me hice de ti al principio, cuando recién nos conocimos, cuando no teníamos historia… Pronto ya no será necesario que me llames o que incluso estés vivo… Estoy verdaderamente preparada para dejarte ir.
Cierro mi teléfono para no oír las razones de una separación sin sentido. Me hundo sin remedio en la inevitable plazoleta deshojada. Es curioso que nuestras conversaciones no estén botadas en el suelo también. ¿Cómo olvidar aquella sensación de conocernos? Dos extraños compartiendo fuego. Prendí mi cigarrillo con el tuyo porque de esa forma tenía la seguridad de encenderlo sin depositar mi confianza en un fósforo que perfectamente podía fallar. Conversamos tanto que apenas nos dimos cuenta cómo se iba acabando el paquete. No prendí uno nuevo y lo compartí contigo, para ahorrar. Tocaba tus labios con mis dedos sucios y era algo sensual, tú aspirabas el humo y nos besamos justo aquí sin que nos importara el aliento, porque era nuestro cuerpo, nuestros humores que se alejaban de las cajetillas de fósforos, los encendedores a bencina y a gas, entre bromas sobre la yesca y el pedernal.
Y luego el silencio. Y luego la melodía que silbé improvisadamente para escapar del silencio. Me oíste silbar por dieciocho segundos y al terminar supe lo que debía hacer el resto de mi vida contigo, pero no en ese momento, nunca, sino luego. Luego del cansancio, luego de la vida, algún día.
Consigo llegar tras un supremo esfuerzo a la casa y caigo derrumbado en mi sillón con un mareo de piernas insuficientes, con la cabeza arremolinada sobre las rodillas y puntos de luz falsa dentro de mis párpados pulsando al ritmo de mi sien. El mismo malestar del comienzo, cuando me parecía que en cualquier instante iba a hundirme en la cama, lleno de fiebre y dolores internos. Podría ser una tos, un sarpullido indicador de un virus libre en la sangre, algún síntoma reconocible que una pastilla pudiera tratar o al menos un malestar pasajero, pero no era más que la espera debilitando mi cuerpo, mientras se acercaba la sutil eclosión de un mal crónico e incurable. Aquella vez desperté por el calor y el sudor y me senté al borde de la cama, con el dolor del cerebro suelto dentro del cráneo golpeándome con cada movimiento. Tú dormías en el lecho. Recién ahora alcanzo a comprender la profunda inconsciencia en la que estabas sumida.
Mi flaqueza se volvió espantosa, abrumadora, anulante. La nubosidad matutina que empañaba las imágenes no desaparecía, aún cuando volvía al lecho y pasaba más horas recostado, juntando fuerzas para ir al baño como arrastrándome. Se suponía que con descanso habría de pasar, pero los días que dedicaba en dormir no hacían mella en la coraza de mi desánimo. Cuánta diferencia con la otra debilidad que siempre rechazaste, un cansancio displicente, alegre, motivado por una simpática flojera. ¿Acaso un padecimiento real no legitimaba mi apatía?
Me abandonaste imperceptiblemente, como un invierno que tarda toda la vida en llegar.
Una relación malamente hilvanada con un puñado de sentimientos fue lo único que pude darte con mi falta de ganas, con mi desidia aniquilante que no conseguía diluir en la ducha de vapor sedante.
Fue inevitable que empacaras tu comprensión y tus ganas de seguir adelante, mirabas a tu alrededor sabiendo que faltaban los muebles y todas las cosas que trajiste y compraste en la casa, que se suponía debían acompañarte, pero que ibas a dejar atrás. Te decidiste, pediste permiso en la crónica para hacer tu maleta, conseguiste cajas en la farmacia de tu hermana para guardar tu vida allí y sellarla con cinta adhesiva, y llevártela de vuelta a tu cuna. Se rieron juntas buscando la caja adecuada y los detalles de tu escape fueron lo único que pudiste planear fría y serenamente, guardando el estremecimiento para cuando los llevaras a cabo en la tarde, uno por uno.
–Catorce horas trabajando... y recién estoy empezando a escribir el lid de la muerte de todo lo conocido… Al menos esto me ha servido para adelgazar...
La vida está acabando. Subes escalas, corres para llegar a la hora, te repartes entre tu familia y tu ocupación, llenas el tiempo y el tiempo te llena a ti, te hincha y te anticipa, te tienes que adelantar para que nadie te alcance y planificas minuciosamente el día, la semana, el mes y ahí te detienes porque el esquema te servirá para lo que te queda por vivir, le harás pequeños cambios que cubrirán los vacíos del aniversario del golpe, las fiestas patrias, los rojos del calendario que te dejarán plantada en el descanso, pensando.
            Otra llamada en curso.
            –Soledad…
            –Elías…
            –Quiero saber… qué sientes cuando estás sin mí…
            –Siento lo que no sentía cuando estábamos juntos… siento pena, mucha pena. He llorado como nunca en mi vida, pero esto es mejor que la horrible calma que sentía cuando estaba contigo. Es hermoso volver a sentir, aunque sea este dolor…
            –Para mí es lo contrario… Es maravilloso sentir que nada importa, que todo pronto acabará… Adiós, Soledad, ya no te volveré a llamar.
            –Adiós, Elías, jamás dejaré de pensar en ti.
En un borde de la cama espero sin esperanza que cese el abatimiento. Salir de la casa es una obligación imposible y considero la utilidad de mis acciones como nunca antes. Verdaderamente hasta lo más sencillo adquiere una relevancia monumental. Cuánto se reiría Soledad si se lo dijera ahora. Sin desvestirme me introduzco en el estuche de la cama deshecha, a dormir para siempre.
En casa de tu madre, te consuelas con la idea de no asistir a las trilladas conferencias de prensa que predican el fin de los tiempos, pensando que el gran final será minúsculo, sin testigos que lo puedan presenciar, mientras amasas y haces círculos de masa sobre un paño estirado. Serán cientos de sopaipillas, nunca habías hecho tantas, y tu madre comienza a preocuparse, te llama a descansar.
–No puedo, mamá, tengo que terminar esto.
–Pero si todavía quedan sopaipillas de ayer...
–No quiero, después, mamita.
La reportera del fin del mundo ahora no sabe qué hacer. Tienes los momentos que te faltaron cuando estabas conmigo, cuando gastabas horas lidiando con mi caos.
Tengo que barrer la casa, recoger la ropa sucia desparramada y lavar los platos, derramar cloro, espolvorear insecticida que elimine a las hormigas que se están llevando grano a grano el azúcar, los trocitos de comida que devoran los hongos, la fruta podrida, alimentar al gato olvidado que maúlla con desesperación, que salta al lecho y molesta al caído que no puede levantar el control remoto y ver televisión. Y el polvo que sigue cayendo y plomizando los volúmenes, las sábanas empapadas de abandono, cubierto de mugre que ha decantado invisiblemente sobre mí. Me he orinado encima y revolotean moscas sobre mis deposiciones malolientes, esparcidas sobre la tela endurecida. Mis ojos se han secado y enrojecido mirando las manchas de humedad del techo, que se mueven y van creciendo.
            Piensas en que pronto llegará el fin del mundo, mientras recorres los pasillos vacíos de un supermercado abandonado por nosotros, los resignados a desaparecer. Atiborras el carro con productos que no necesitas y que irán a parar junto a las cajas aún sin desempacar, almacenadas en la pieza compartida con tu hermana. Al menos no tienes que explicarle a nadie que es tu forma de enterrar los recuerdos y no pensar en lo que estoy padeciendo por tu decisión de marcharte.
Te detienes por un minuto completo, sesenta momentos en los que no haces nada. Te quedas inmóvil presa de un fulminante dolor, sintiendo mi ausencia.
Y yo trato de moverme y poner los pies en tierra con la idea fija de ir a la plazoleta elevada a fumar, a encontrarnos con nuestros fantasmas, a ver cantar a los pájaros que creo oír en la distancia que me es imposible cubrir, porque esta laxitud me lo impide como siempre, como antes de nacer y de la que ya no puedo escapar. Tuve alguna vez que no preocuparme de sentir el desaliento que ahora me embarga. Ahora los músculos, los órganos y hasta la piel se deshacen sobre mis huesos salientes. Me decanto en las articulaciones que se hinchan y que insisten en mantener su forma a pesar del deterioro. Solía preguntarme el origen de la enfermedad y pasaba de largo por los corredores sin fijarme en los demás. Reducción: se elimina el grosor y se carcomen las formas. Mantención: se conservan la altura y las proporciones. Terminación: la gente desaparece sin dejar rastros.
Tengo una vaga idea de cómo funciona este mal que nos afecta. Químicos y sustancias indefinidas se queman, primero la glucosa, el glucógeno, la grasa de la que carezco y por último las proteínas estructurales, como debe estar ocurriendo en este cuerpo que ya no sirve. Quiero otro nuevo, otra mente, otra alma. O al menos regresar a la plazoleta deshojada de alguna forma, porque ahora es como una ciudad sagrada ruinosa y deshabitada a la que hay que llegar en peregrinaje, haciéndose pedazos las rodillas en el camino. Supongo que partiré un lunes en la mañana, cuando despierte y me levante y la fatiga se quede atrás, sin seguirme por las escaleras.
Tarareo una canción que no recuerdo haber oído nunca. La silbo, le busco segunda voz, mal. No quiero dejarla en el silencio. La saco fuera, no quiero que muera en mi mente. Me distraigo y el sonido se distorsiona, se pierde, se apaga.
–¿Qué parte de mí le cantará este réquiem a cuál otra?
El gato de costillas visibles y pelo raído sube a un mueble alto. Es todo ojos y garras que arañan con desenfreno las planchas transparentes del techo. La vieja fibra de vidrio debilitada por el sol se rompe pronto. El animal se estruja, se estira, pasa sus vértebras rasmillándolas en un canto filoso. Cuando consigue salir, salta a la pandereta vecina y entra de inmediato en otra casa, buscando saciar el hambre enloquecedora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario